La pregunta de Leibniz: la pregunta por el fundamento.

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Hemos dicho que la ciencia reposa en supuestos,y que la realidad del mundo exterior, el movimiento, el tiempo, la razón, y en genera, que hay ente y no nada, son algunos de esos supuestos.

Los temas de la filosofía son sobre las cosas más “sencillas”, más obvias; principalmente porque son cosas sencillas y naturales que están al rededor de nosotros y que por su alcance tan cercano tendemos a no tomar en cuenta. Primordialmente lo más obvio de todo: que hay ente, y no nada.

La filosofía, en efecto, se pregunta ¿Por qué hay ente y no más bien nada?, esta pregunta es, en cierto sentido, tan vieja como la misma filosofía, puesto que es la pregunta por el fundamento, la pregunta fundamental de la metafísica. Pero formulada explicitamente, la encontramos por primera vez en los Principios de la naturaleza y de la gracia (1714) de Leibniz, en esta obra podemos leer:

“Hasta aquí sólo hemos hablado como simples físicos; ahora debemos elevarnos a la metafísica, valiéndonos del gran principio, habitualmente poco empleado, que sostiene que nada se hace sin razón suficiente, es decir, que nada ocurre sin que le sea posible, al que conozco suficientemente las cosas, dar una razón que baste para determinar por qué es así y no de otro modo. asentado este principio, la primera pregunta que tenemos derecho a formular será: ¿Por qué hay algo más bien que nada? Pues la nada es más fácil y más simple que algo. Además, supuesto que deben existir cosas, es preciso que se pueda dar razón de por qué debe existir así y no de otro modo.

Hasta ahora, dice Leibniz, “sólo hemos hablado como simples físicos“, esto es -interpretándolo en fusión de nuestro tema presente-, antes de entrar en la filosofía, en la actitud ingenua y aun en la científica, hemos sido puros “físicos” (En griego significa: naturaleza) o “naturalistas“, nos habíamos quedado sujetos a lo que las cosas parecen “naturalmente” ser, nos habíamos atenido tranquila y seguramente a lo “natural“, a lo simplemente “dado” como tal. Y lo natural significa dar por compresible de suyo todo lo que simplemente es: es natural que el sol caliente, es natural que la tierra sea más o menos esférica,o que la esclavitud es execrable. Todo esto es “natural” nadie puede ponerlo en duda, se trata de cosas obvias; sólo un demente, o un excéntrico de la peor especia, podría imaginarse lo contrario.

¿No será entonces que, en lugar de no pensar en aquellas cosas porque son “naturales“, nos resultan “naturales” porque no pensamos en ellas?. Sólo por que nos falta imaginación, sólo porque carecemos de la fuerza espiritual necesaria para pensar, sólo por ello puede algo parecernos “natural“.

En tal sentido, la “naturalidad” es la peor enemiga del pensamiento en general, y del pensamiento filosófico en particular. Porque el pensamiento llevado hasta sus últimas consecuencias, es decir, la filosofía, exige -como señala el paisaje de Leibniz- dar razón de todo; éste es el “gran principio” del que habla Leibniz, el principio de razón suficiente: nada hay sin razón, todo tiene su fundamento, su porqué.

Y habiendo egresado entonces de la actitud natural e ingresado en la actitud filosófica, lo que se exige es no aceptar nada porque sí, sino pedir en cada caso la razón, el fundamento, y el fundamento de todo en general,porque la filosofía es búsqueda del fundamento último de todo absolutamente.

Ahora bien, el primer problema -primero por ser el más amplio y más profundo, pues busca el último fundamento de todo- es éste: ¿por qué hay ente y no más bien nada? Parece algo obvio, es un hecho bien sabido por todos, que hay algo, que hay cosas, que hay ente; en cuanto a hecho, se trata de algo perfectamente seguro. Pero en lugar de que dar en el hecho bruto, que es lo “natural”, lo propio de la actitud filosófica consiste en intentar ir más allá y preguntar: ¿no puede haber ocurrido que en lugar de haber ente no hubiese habido nada? Leibniz dice: “la nada es más fácil y simple que algo” -justamente porque la nada es la pura simplicidad, la pura…nada, que por ser nada ni siquiera debería plantear problema alguno, como en cambio lo hace el ente; si en vez de ente no hubiese nada, ni siquiera habría preguntas. Ya se sabe, si, que hay ente, pero aunque sea como la más extrema hipótesis que quepa concebir, puede suponerse que pudo no haber habido nada; y como, sin embrago, hay algo, como hay entes, se tiene entonces el derecho, y la obligación como filósofos, de preguntar: ¿Por qué hay ente?

Notas y referencias.

Principios de filosofía (Adolfo P. Carpio)

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