San Agustín y el tiempo.

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Ahora vamos a razonar sobre el concepto de tiempo; para ello nos valdremos de un pasaje del libro XV, capitulo XIV, de las Confesiones, de San Agustín, filósofo y teólogo (350-430), allí se lee:

Que son tres las diferencia del tiempo.

Pero, ¿qué cosa es el tiempo? ¿quién podría fácil y brevemente explicarlo?¿Quién es el que puede formar idea clara de lo que es el tiempo, de modo que se le pueda explicar bien a otro? Y por otra parte, ¿qué cosa hay de más común y más usada en nuestras conversaciones que el tiempo? Así entendemos bien lo que decimos, cuando hablamos del tiempo, y lo entendemos también cuando otros nos habla de él.

Pues, ¿qué cosa es el tiempo? si nadie me lo pregunta, o lo sé para entenderlo; pero si quiero explicarlo a quien me lo pregunte, no lo sé para explicarlo. Pero me atrevo a decir que sé con certidumbre que si “ninguna cosa” pasara, no hubiera tiempo pasado, que si ninguna sobreviniera de nuevo, no habría tiempo futuro, y si ninguna cosa existiera, no habría tiempo presente.

Pero, aquellos dos tiempos que he nombrado, pasado y futuro, ¿de qué modo son o existen, si el pasado ya no es y el futuro no existe todavía? Y en cuanto al tiempo presente, es cierto que si siempre fuera presente y no se mudara ni se fuera a ser pasado, ya no sería tiempo, sino eternidad. Luego, si el tiempo presente, para que sea tiempo, es preciso que deje de ser presente y se convierta en pasado, ¿cómo decimos que el presente existe y tiene ser, supuesto en que su ser restriba en que dejará de ser, pues no podemos decir con verdad que el presente es tiempo, sino en cuanto camina a dejar de ser?

Comencemos por el titulo. Éste nos dice lo que todos ya sabemos, que el tiempo se articula de modo triple, que tiene tres “dimensiones” -que Agustín llama “diferencias“-: presente, pasado y futuro.

Luego sigue una pregunta: ¿Qué es el tiempo?, pregunta que revela el carácter filosófico del tema y del enfoque de San Agustín. Aquí se pregunta por el qué del tiempo, vale decir, por su “esencia“.

El primer párrafo contiene, además de aquella pregunta, una importante aclaración y una segunda pregunta. La observación se refiere al hecho de que todo entendemos, de cierta manera, qué es el tiempo, ya que “no hay cosa más común y más usada en nuestras conversaciones“, y en general en toda nuestra vida, traspasada de tiempo.

El pasado, el presente y el futuro constituyen lo que se llama tiempo, estas son sus tres dimensiones.

El tiempo, en una palabra, se insinúa por todos los costados de la existencia humana, nos plasmamos con el tiempo, nos hacemos cargo de él constantemente, y, por ende, de cierta manera comprendemos qué es el tiempo; de otro modo no podríamos vivir la vida humana que vivimos.

Pero ¿qué significa ese giro “de cierta manera“, que se ha empleado con referencia a nuestra comprensión del tiempo? Se trata, naturalmente, de una comprensión inmediata, ingenua, no propiamente pensada ni elaborada de lo que el tiempo sea; con la terminología de Heidegger, la llamaremos comprensión preontológica, para diferenciarla dela ontología.

Dentro de la comprensión preontológica, el tiempo no es problema, sino algo “natural” que “todos” comprenden. Pero además en ese primer párrafo Agustín pregunta quién puede formarse una idea clara del tiempo, de ese tiempo del que todos hablamos y con el que continuamente contamos; y luego explicarlo fácil y brevemente. ¿Por qué San Agustín formula tal pregunta, si todos comprendemos el tiempo? El párrafo siguiente lo aclara.

El hombre que, pre-ontológicamente, pre-filosóficamente, entiende el tiempo, sin embargo no puede explicarlo, no puede definirlo, no puede expresarlo en conceptos. Cuenta con él, se refiere a él, en una palabra, “saber“, en modo ingenuo y corriente del saber, de qué se trata; pero cuando intenta  traducir en conceptos y palabras tal “saber“, no puede hacerlo. Esa comprensión pre-filosófica le basta para vivir, sin duda alguna: “si nadie me lo pregunta, yo lo sé para entenderlo“, pero cuando quiero llevar tal saber al campo conceptual, me encuentro con que no puedo hacerlo: “si quiero explicarlo a quien me lo pregunte, no lo sé para explicarlo“.

Sin embargo, no obstante tal dificultad, el segundo párrafo proporciona una indicación positiva: “me atrevo a decir que sé con certidumbre que si “ninguna cosa” pasara, no hubiera tiempo pasado, que si ninguna sobreviniera de nuevo, no habría tiempo futuro, y si ninguna cosa existiera, no habría tiempo presente”. A pesar de nuestra ignorancia, sabemos que al menos hay tres tipos de tiempos, o que el tiempo tiene tres dimensiones o “diferencias“, que son: pasado, futuro y presente.

Con el tercer párrafo se penetra en el núcleo del problema del tiempo y por ello conviene leerlo con especial cuidado. Agustín se pregunta de qué modo son o existen el pasado y el futuro, qué modo de ser poseen, desde el momento en que, rigurosamente hablando, el pasado, puesto que es pasado, ya no es, ya pasó; y el futuro todavía no es, todavía no ha llegado a ser. En verdad parece como si sólo el presente tuviera auténtica realidad, que fuera lo único propiamente existente, lo único de lo que puede decirse “es“. Pero si se le considera atentamente ¿qué es el presente? Digamos que el presente es esta hora, esta hora de lectura que estamos viviendo. Pero enseguida se advierte de que de esta hora ya ha pasado algo, 20 minutos, digamos que son pasado y por tanto ya no son.; y también hay algo que todavía no ha pasado, 40 minutos, que todavía no son. Habrá que decir entonces que el presente es éste minuto que estamos viviendo. Pero de este minuto puede decirse lo que se dijo acerca de la hora: una parte, 20 segundos, ya han pasado; 40 segundos todavía no son. De manera que el presente que buscamos se nos ha vuelto a escabullir. ¿No será entonces el presente un segundo, éste segundo? Sin embargo resulta claro que respecto de él se puede practicar la misma operación anterior, sin encontrar nunca, por más que se siga dividiendo, el presente buscado. Del todo lo cual resulta, que el presenta parece no tener extensión, parce ser nada más que algo así como un punto matemático, irreal, sólo una linea divisoria ideal, una frontera entre pasado y futuro, es decir, un limite entre dos cosas que no existen, un fantasma de fantasmas.

Y ello ocurre porque, como dice Agustín, el presente, “para que sea tiempo, es preciso que deje de ser presente y se convierta en pasado“, su esencia es estar siempre en trance de volverse pretérito. De otro modo, “si siempre fuera presente y no se mudara a ser pasado, ya no sería tiempo, sino eternidad“, puesto que la eternidad es justo eso, el continuo presente, inmóvil, sin cambio – y que, por lo tanto, ya no es tiempo, puesto que este indica el constante fluir del futuro hacia el pasado a través del presente. Y si se considera la cuestión por el lado del futuro – cosa que San Agustín no hace, pero que puede agregarse siguiendo sus pasos-, se llegará a una consecuencia semejante: para que el presente llegue a ser presente tiene que haber sido antes todavía no presente, tiene que ser, no presente, sino ser un “será“, un futuro, porque si no, una vez más, sería presente eterno, una eternidad. Nos encontramos pues con una clara contradicción: ni el pasado ni el futuro son, por definición; y en cuanto al presente, consiste en dejar de ser (es decir, convertirse en pasado) y en venir a ser (es decir, consiste en constituirse desde el futuro). El presente “es” en su dependencia de dos “cosas” -pasado y futuro- que “no son”. Por tanto, parece que el tampoco el tiempo es. Con este análisis, el tiempo se nos ha pulverizado.

Notas y referencias.

Principios de filosofía (Adolfo P. Carpio)

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