Virtudes éticas y dianoéticas.

virtudes

Aristóteles sostiene que la felicidad sólo se puede encontrara en la virtud, que significa “excelencia”, la perfección de una función propia de algo o alguien. Ahora debemos preguntarnos en qué consiste la función propia del hombre como tal para poder determinar en qué estriba su virtud:

el vivir parece común también a las plantas, y se busca lo propio (del hombre). Hay que dejar de lado, por tanto, la vida de nutrición y crecimiento. Vendría después la sensitiva, pero parece que también esta es común al caballo, al buey y a todos los animales. Queda, por último, cierta vida activa propia del ente que tiene razón, y éste, por una parte obedece a la razón; por otra parte, la posee y la piensa.

La virtud del hombre, en consecuencia, consistirá en la perfección del uso de su propia función, la razón, en el desarrollo completo de su alma (o vida) racional. Pero el hombre no es solamente racional, sino que en él hay también una parte irracional de su  alma: los apetitos, la facultad de desear que aveces sigue los dictados de la razón (tal como ocurre en quien se domina así mismo), pero aveces no (el caso del incontinente). Según lo cual habrá dos tipos de virtudes: las de la razón considerada en sí misma (virtudes diaoéticas) y las de la razón aplicadas a la facultad de desear (virtudes éticas).

Las virtudes éticas o morales, o virtudes del carácter ([éthos] significa “carácter”, “manera de ser”, “costumbre”) , las define Aristóteles en un paisaje celebre:

La virtud es un hábito de elección, consiste en una posición intermedia relativa a nosotros, determinada por la razón y tal como la determinaría el hombre prudente. Posición intermedia entre dos vicios, el uno por exceso y el otro por defecto.

Aristóteles dice que, en primer lugar, para que haya valor moral en una persona, sus actos tiene que ser resultados de una elección (es decir, tienen que ser libres), porque un acto realizado de otra manera -por ejemplo, el movimiento involuntario de un miembro- no puede calificarse de moralmente bueno ni malo. Sólo se alaba o censura las acciones voluntarias.

En segundo lugar se trata de un hábito, porque, en efecto, no basta con que una persona, en un caso dado, haya elegido lo debido para que le consideremos virtuosa, es decir, una buena acción pos sí sola no revela un individuo virtuoso, sino sólo en cuanto en esa acción se manifiesta un carácter virtuoso. La virtud es cuestión de practica, de ejercicio, por esa razón Aristóteles dice que es un “hábito”, esto es, cierta manera de obrar constante, que se ha hecho costumbre en nosotros.

Tal hábito de elección, en tercer lugar, se halla “en una posición intermedia”. Porque ocurre que en las acciones puede haber exceso, defecto y término medio, y en elegir el justo término medio reside precisamente la virtud. Respecto al manejo del dinero, por ejemplo, hay un exceso, la prodigalidad o el despilfarro, y un defecto, la avaricia; la virtud consistiría en la liberalidad o generosidad. Respecto a los placeres, el exceso es la incontinencia o desenfreno; el defecto, la insensibilidad; la virtud reside en la temperancia, vale decir, en el uso moderado y controlado de los placeres. La temeridad es vicio por exceso; la cobardía, por defecto; la virtud consiste en la valentía.

Por último dice Aristóteles que ese término medio, que lo establece la razón, se lo debe determinar “tal como lo haría en cada caso el hombre prudente”, el hombre dotado de buen sentido moral. Con esto decimos que no existe una especie de regla matemática, digamos, que nos permita determinar, en general y abstractamente, cuál sea el término medio. El término medio es “relativo a nosotros” pues el término medio no puede ser siempre el mismo, sino que depende de las circunstancias y de la persona del caso y de los extremos de los que se trata.

La virtud ética superior es la justicia, más todavía, es la virtud misma, así como la injusticia es el vicio, puesto que lo justo señala la debida proporción entre los extremos. Sin embargo, ni siquiera la justicia representa plena autarquía, puesto que requiere otra persona respecto de la cual podamos ser justos y de la cual por tanto dependemos. Además, las virtudes éticas no son de por sí completas, ya que -según su definición- remiten a la prudencia, que es la virtud intelectual.

Las virtudes dianoéticas o intelectuales atañen al conocimiento. Unas, las de la “razón práctica”, se refieren a las cosas contingentes, es decir, a las que en cuanto caen bajo el poder del hombre, pueden ser o no ser o ser de otra manera.

Son dos: el arte -“hábito productivo acompañado de razón verdadera”- y la prudencia -“arte práctico verdadero, acompañado de razón, sobre las cosas buenas y malas para el hombre”. -Las otras virtudes intelectuales, las de la “razón teórica”, conciernen al puro conocimiento contemplativo, y se refiere a la realidad y sus principios, a lo que es y no puede ser de otro modo, por tanto, a lo necesario. Estas son la ciencia -“hábito demostrativo”-, la intuición (intelectual) o intelecto -“hábito de los principios”. – que capta las formas, o el principio de contradicción, que constituye la base de toda demostración, y la sabiduría, que no sólo conoce las conclusiones de los principios, sino también la verdad de éstos, valen decir que reúnen en sí la intuición de los principios y lo que se desprende necesariamente de ellos.

En estas virtudes del pensamiento, de la pura actividad contemplativa de la verdad por el puro gozo de contemplarla, en la pura teoría, se encuentra la felicidad perfecta, pues, en efecto, la vida teórica se basta a sí misma, y llena entonces la condición que debe tener el fin último:

La independencia o autosuficiencia de la que hemos hablado puede decirse que se encuentra sobre todo en la vida contemplativa. Sin duda que tanto el filósofo como el justo, no menos que los demás hombres, han menester de las cosas necesarias para la vida; pero supuesto que estén ya suficientemente provisto de ellas, el justo necesita además de otros hombres para ejercitar en ellos y con ellos la justicia, y lo mismo el temperante y el valiente y cada uno de los representantes de las demás virtudes morales, mientras que el filósofo, aun a solas consigo mismo, es capaz de contemplar, y tanto más cuanto más sabio sea.

El filósofo pues, es el que más o menos se basta a sí mismo, y la vida de razón, la vida contemplativa, es la más feliz, y la sabiduría, la virtud más alta.

 

Pero Aristóteles tiene consciencia de que ningún hombre puede vivir una vida pura y exclusivamente contemplativa. Por ello una vida puramente teorética es superior a la humana, y sólo un ideal para el hombre:

Una vida semejante, sin embargo, podría estar quizá por encima de la condición humana, porque en ella no viviría el hombre en cuanto hombre, sino en cuanto que hay en él algo divino.

Pero el que sea más humana no indica que se abandone ese ideal, sino todo lo contrario:

Mas no por ello hay que dar oídos a quienes nos aconsejan, con pretexto de que somos hombres y mortales, que pensamos en las cosas humanas y mortales, sino que en cuanto nos sea posible hemos de inmortalizarnos y hacer todo lo que en nosotros esté para vivir según lo mejor que hay en nosotros […]

 

Notas y referencias.

Principios de filosofía (Adolfo P. Carpio)

Aristóteles (D.Ross)

Aristóteles y su escuela (J. Moreau)

Aristotle: the Growth and Structure of his thought (G.E.R Lloyd)

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4 comentarios sobre “Virtudes éticas y dianoéticas.

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  1. Ese Aristóteles es mi Gallo¡ jajaja…
    Creo que es cierto que encontrar el punto medio es relativo, pues depende de la persona y el contexto en el que esté. Pero por lo general el punto medio sería algo que no provoque el caos. Concuerdo con que la sabiduría es la virtud mas alta.

    Le gusta a 1 persona

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