La religión griega y el cristianismo.

jesus

La historia experimenta un cambio decisivo, quizá su codo más notable con la influencia del Cristianismo. Aquí interesa referirse al él sólo en la medida en que sus enseñanzas tienen relación con la filosofía. La filosofía fue una creación del ingenio griego; por tanto debemos tratar de mostrar cómo se presentaba el cristianismo a la mentalidad griega, y ante todo por oposición con su propia religiosidad.

La religión griega careció de texto sagrado -como la Biblia, los Vedas, el Corán-, fueron sus artistas y poetas, ante todo Homero y Hesíodo, los encargados de forjar las imágenes de lo divino; pero con la espontaneidad propia del artista y sin que se convirtiera en dogma ninguno. Sus dioses, por lo demás, no expresan nada propiamente trasendente, sino que le están dados de modo inmediato, por así decir, en su más directa experiencia cotidiana; porque no son bien mirados, sino “figuras” o “aspectos” del ser. En efecto y a modo de ejemplo:

Apolo muestra el ser del universo en su claridad y orden, la existencia como cognición y acto sapiente, como purificada de redes demoníacas. Su hermana Artemisa revela otra especie de pureza del mundo y de la existencia, la eternamente virginal, que juega y danza, es amiga de los animales y eternamente los persigue, la del rechazo indiferente y del irresistible encanto. En los ojos de Atenea reluce la magnificencia de la acción viril y reflexiva, del instante eterno de toda realización victoriosa. En el espíritu de Dionisio, el universo sale a la luz en su forma primordial, como impetuosidad arcaica y felicidad sin límites. Al resonar el nombre de Afrodita, el mundo parece dorado, todas las cosas muestran el cariz del amor, del encanto divino que invita a la entrega, a la fusión y a la unión. (W. Otto)

Entre estas divinidades se encuentran las Gracias (Carites); y nos referimos a ellas porque quizá sea éste uno de los aspectos a través de los cuales podemos todavía hoy lograr un acceso adecuado a la autentica esencia de los dioses griegos. En efecto, cuando se dice de una joven, por ejemplo, que “posee gracia”, ahí esta presente la divinidad griega, y en el sentido en que los griegos la entendían: el brillo alegre de algo hermoso y atractivo.

El cristianismo, por el contrario, es una religión revelada: La Biblia no es para el creyente obra humana, sino la Palabra divina, porque allí es Dios mismo quien habla y revela al hombre su existencia, sus propósitos, ciertos secretos de su propia vida (como el de la Trinidad, por ejemplo), lo que Él espera del hombre. Esto supone para el creyente, como es natural, que las Sagradas Escrituras no puedan contener sino la Verdad. En segundo lugar, ese Dios que así habla para revelarse a los hombres, es absolutamente trascendente respecto al mundo: no sólo porque está más allá de éste, totalmente separado de él, sino porque es absolutamente heterogéneo respecto de todo lo finito, inconmensurable de todo lo creado. Justamente es Él quien ha creado todos los entes de la nada (ex nihilo fit ens creatum); de la nada, que entonces inficiona, lastra de no-ser, a todo ente finito, lo tiñe de una contingencia radical y así lo separa del puro ser sin mancha, de Dios.

sin embargo, esto no es suficiente para caracterizar lo propio del Dios cristiano; pues ello vale también para el Dios del Antiguo Testamento. Lo característico del cristianismo estriba en que, sin romper o anular aquella trascendencia, instaura un momento de mediación, un puente, digamos, entre Dios (Padre) y el hombre: ese puente es Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, mediante el cual Dios, en su infinito amor y misericordia, redime al hombre del pecado. En efecto, a diferencia del paganismo, y aun el judaísmo, el Dios cristiano es un Dios de amor, no meramente un Dios al que se ama -pues esto ya se encuentra en Platón y Aristóteles– ,sino un Dios que ama a sus criaturas, y por ello las salva por Su amor, que incluso se sacrifica mediante su Hijo, quien asume en sí el pecado de la humanidad.

La revelación enseña cosas que son extrañas al pensamiento racional. Que Dios se haga hombre (Encarnación), y padezca, muera y resucite; que Dios sea uno y a la vez tres, Padre, Hijo y Espíritu Santo (Santísima Trinidad); que en la misa el pan y el vino se conviertan en el cuerpo y la sangre de Cristo (Eucaristía); que en el juicio final volveremos a tener el mismo cuerpo que ahora tenemos (resurrección de la carne): todo esto demuestra hasta la evidencia que los Evangelios están plenos de contenidos “no racionales”, no naturales. Ello se hace tanto más claro cuando se reflexiona en que para el cristianismo lo que salva al hombre es la fe en Cristo: no el conocimiento racional o empírico en cualquiera de sus formas, sino la fe, que es una gracia que Dios otorga al creyente, por tanto, un don sobrenatural. Sus discípulos los busco Jesús, según parece, entre gentes sencillas e ignorantes, no entre sabios y eruditos, y lo que dijo acerca de los ricos y los pobres (Mateo 19:16-24) puede aplicarse perfectamente bien a la diferencia entre los simples y los “educados”.

Notas y referencias.

Principios de filosofía (Adolfo P. Carpio)

Reina-Valera.

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