La filosofía cristiana.

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El cristianismo es religión; no filosofía. Pero encierra una concepción del hombre, de su vida y su destino, del mundo y de la divinidad, susceptible, por lo menos en parte, de integrar un sistema de pensamiento. Tal sistema de “racionalización” tenía que darse en la medida en la que el creyente no se limitase sólo a asumir en la fe las verdades que la religión le comunicaba, sino intentase además penetrar intelectualmente en su sentido, aunque sólo fuese para comprobar la imposibilidad de traducirlas en formas conceptuales; es decir, en la medida en que no renunciase por completo a su capacidad de pensar.

El cristianismo tuvo que enfrentarse por una parte con el paganismo; y por otra, con el propio cristianismo, con los herejes. En efecto, los paganos asumen una nueva actitud frente a la nueva creencia: en parte de desconfianza respecto de quienes, como los cristianos, no se sometían a las obligaciones rituales y militares del Estado romano, y que además no se encerraban en sus propios círculos (como los judíos), sino practicaban un poderoso proselitismo que parecía amenazar los puntuales de la organización social y política existente; en parte, sobre todo en los círculos de mayor cultura, los paganos despreciaban o se burlaban de una doctrina que sostenía creencias tan “absurdas” como la de la resurrección de los cuerpos. En la medida en que los paganos se adjudicaban la razón en sí mismos, debía nacer entre los cristianos un sentimiento de desconfianza frente a ella (y a la vez de defenderse racionalmente). Si se agrega que también dentro del cristianismo surge un peligro, las herejías, esto es las desviaciones respecto de la ortodoxia o recta doctrina, se comprenderá que pronto se haya visto forzado a formular de la manera más explicita y determinada posible las doctrinas (dogmas) que constituían la base de su vida religiosa, buscando fijarlas con precisión, aclararlas, ordenarlas, sistematizarlas y fundamentarlas, en la medida de lo posible. Tal doble proceso de enfrentamiento dio origen a lo que suele denominarse “filosofía cristiana”.

Para tal empresa, los cristianos no podían recurrir sino a la filosofía griega, porque sólo en esta podían encontrar los conceptos, la terminología, los procedimientos intelectuales que necesitaban. La filosofía griega expresa un ideal puramente teórico, según la cual la vida humana más perfecta, y por tanto más feliz, es aquella que se dedica a la contemplación de la verdad por la verdad misma, y para la cual el mundo se ofrece como puro espectáculo.

En relación con esto, puede decirse que el pensamiento griego expresa una metafísica de las cosas, impersonalista, porque dentro de su horizonte el hombre no es en definitiva sino una cosa entre las otras, por más prerrogativas que se le atribuyan. El cristianismo, en cambio, es esencialmente personalista, porque en su doctrina el hombre asume una jerarquía y un carácter que lo separan radicalmente de todas las demás criaturas. Según esto, el mundo, la vida humano, no es un espectáculo más o menos ocioso, sino un drama del que el hombre es el protagonista y donde lo que se dirime es su propio y definitivo destino: el supremo interés estriba en su salvación, o, respectivamente, en su condena eterna. Por ello, el saber sólo puede tener valor para el cristiano en función de la salvación.; según lo cual las virtudes dianoéticas anteponen las virtudes teologales (fe, esperanza, caridad). La historia comienza con la caída, con el pecado original, y gira toda ella en su torno: el pecado, el mal, que es entonces para el cristiano una realidad, una terrible realidad, producto del querer humano. Para la filosofía griega, en cambio, el mal era en definitiva apariencia, el no-ser (como extremo opuesto a el Bien), o bien equivalente al error: Sócrates había enseñado que sólo puede obrarse mal por ignorancia. El pensamiento helénico había alcanzado la expresión más alta de su concepto de divinidad en el Dios aristotélico: un Dios que se define por el pensamiento. Dios-filósofo que no consiste sino en pensarse a sí mismo.

En cambio, el Dios que el cristianismo anuncia, según se ha dicho, Amor, infinita misericordia, que ha enviado a su propio hijo a salvar a los hombres. Su infinita sabiduría gobierna el mundo y la historia de los hombres de acuerdo con un plan divino (providencia); no a la manera de intervenciones más o menos circunstanciales, determinada generalmente por sus luchas y celos recíprocos , según ocurría con los dioses griegos. En contra del principio racional que sostiene que de la nada nada resulta (ex nihili nihil fit, que es una formulación del principio de razón suficiente), la Biblia afirma que Dios creo el mundo, es decir, lo extrajo, no de un material preexistente, o de Sí mismo, sino de la nada.

Notas y referencias.

Principios fundamentales de filosofía (Adolfo P. Carpio)

La religión griega y el cristianismo.

Santo Tomás: importancia del tomismo en la filosofía actual.

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