Crítica del saber sensible.

descartesdiscurso

Sobre el conocimiento sensible, Descartes apunta dos argumentos para probar que debe ser puesto en duda: el primero se funda en las ilusiones de los sentidos; el segundo, en los sueños.

a) Debemos dudar del conocimiento sensible

porque hemos descubierto que los sentidos a veces yerran, y es propio de la prudencia no confiar jamás demasiado en aquellos que nos engañaron alguna vez.

Claro está, si alguien manifiestamente nos ha engañado en alguna ocasión, por ejemplo, en materia de negocios, sería necio fiarse de él en el futuro; la única actitud prudente será la de desconfiarle. Cosa parecida ocurre con nuestros sentidos, pues se sabe perfectamente bien que en muchos casos nos engañan. Por lo tanto, las “cosas sensibles” resultan dudosas, no podemos saber si los sentidos no nos engañan también en todos los casos; por lo menos, no es seguro que no nos engañen, y, en consecuencia, según el plan que el método ha impuesto, de dar por falso todo lo dudoso, se deberá desechar el saber que los sentidos proporcionan.

b) Sin embargo, cabe argumentar que si bien puede admitirse que los sentidos nos engañan acerca de cosas muy distantes, como una torre en la lejanía, o acerca de objetos difícilmente perceptibles, sin embargo hay muchas cosas

de las que no puede razonablemente dudarse, aunque las conozcamos por medio de ello [los sentidos]; como son, por ejemplo, que estoy aquí, sentado junto al fuego, vestido con una bata, teniendo este papel en las manos, y otras cosas por el estilo.

Parece que si quisiera dudar de algo tan patente como de que estoy ahora escribiendo, correría el riesgo de que se me confundiera con esos locos que, por ejemplo, creen ser reyes o generales. Descartes, con todo, replica:

Sin embargo, he de considerar aquí que soy hombre y, por consiguiente, que tengo costumbre de dormir y de representarme en sueños las mismas cosas y aun a veces menos verosímiles que esos insensatos [los dementes] cuando velan.

Y así sucede que alguna vez, en sueños, me he imaginado estar como ahora despierto y escribiendo, cuando en realidad estaba dormido y acostado:

si pienso en ello con atención, me acuerdo de que, muchas veces, ilusiones semejantes me han burlado mientras dormía; y, al detenerme en este pensamiento, veo tan claramente que no hay indicios ciertos para distinguir el sueño de la vigilia, que me quede atónito, y tal es mi extrañeza, que casi es bastante a persuadirme de que estoy durmiendo.

En efecto, no tenemos (por lo menos hasta donde hemos llegado) ningún “indicio cierto”, ningún “signo” seguro o criterio que nos permita establecer cuándo estamos dormidos y cuándo despiertos: no hay posibilidad ninguna de distinguir con absoluta seguridad el sueño de la vigilia.

De estos dos argumentos resulta entonces que todo conocimiento sensible es dudoso.

Notas y referencias.

Meditaciones Metafísicas (Descartes)

Principios de filosofía (Adolfo P. Carpio)

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