El cogito.

cogito

En el preciso momento en que la duda llega a al extremo, se convierte en su opuesto, en conocimiento absolutamente cierto:

Pero advertí luego que, queriendo yo pensar, de esa suerte, que todo es falso, era necesario que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa; y observando que esta verdad: “yo pienso, luego soy”, era tan firme y segura que las más extravagantes suposiciones de los escépticos no son capaces de conmoverla, juzgué que podía recibirla sin escrúpulo, como el primer principio de la filosofía que ando buscando.

En efecto, aunque suponga que el genio maligno existe y ejerce su maléfico poder sobre mí, yo mismo tengo que existir o ser, porque de otro modo no podría siquiera ser engañado:

No cabe, pues, duda alguna de que yo soy, puesto que me engaña [el genio maligno], y, por mucho que me engañe, nunca conseguirá hacer que yo no sea nada, mientras yo esté pensando que soy algo. De suerte que, habiéndolo pensado bien y habiendo examinado curiosamente todo, hay que concluir por último y tener por constante la proposición siguiente: “yo soy, yo existo”, es necesariamente verdadera, mientras la estoy pronunciando o concibiendo en mi espíritu.

De manera que esta afirmación famosa: cogito, ergo sum (pienso, luego soy), no puede ser ya puesta en duda, por más que a está la forcemos. Por ende, nos encontramos aquí con una verdad absoluta, esto es, absolutamente cierta, absolutamente indubitable, que es justamente lo que nos habíamos propuesto buscar. El cogito, entonces, constituye el primer principio de la filosofía: primer/ desde el punto de vista gnoseológico y metodológico, en la medida en que constituye el primer conocimiento seguro, el fundamento de cualquier otra verdad y el punto de partida para construir todo el edificio de la filosofía y del saber en general; y primero también desde el punto de vista ontológico, porque me pone en presencia del primer ente indudablemente existente que soy yo mismo en tanto pienso.

La manera en la que Descartes enuncia su principio  -“pienso, luego soy”- podría hacer pensar que se trata de un conocimiento discursivo, o, con más precisión, de un silogismo abreviado (entimema), cuya fórmula completa sería: “todos los entes que piensan son; yo pienso, luego yo soy”. Sin embargo, esto sería un error, y el mismo Descartes previno contra tal interpretación: porque en efecto, si se tratase de un silogismo, tendríamos que conocer primero la premisa mayor (“todos los entes que piensan son”), es decir, tendría que saberse que hay otros entes existentes aparte de mí, cosa que, en función de la duda metódica, hasta este momento no sabemos. El cogito es, en cambio, un conocimiento intuitivo, es decir, se le conoce de modo inmediato; no tenemos que más que reflexionar sobre el cogito para darnos cuenta de su verdad.

Por ello, Descartes decide formular su principio de esta otra manera: “pienso, soy”, o simplemente “soy” (“existo”), donde, al no aparecer la conjunción “luego”, se muestra más patentemente el carácter de inmediatez del principio y la identidad de que aquí se da entre el pensar y el ser.

Notas y referencias.

Meditaciones Metafísicas (Descartes)

Discurso del método (Descartes)

Principios de filosofía (Adolfo P. Carpio)

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