Impresiones e ideas.

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Hume, como buen empirista, sostiene que todo conocimiento procede en última instancia de la experiencia; sea de la experiencia externa, es decir, la que proviene de los sentido; sea la experiencia íntima, la autoexperiencia.

El estudio que Hume se propone a emprender consistirá en el análisis de los hechos de la propia experiencia, de los que hoy se denominan hechos psíquicos y que Hume llama percepciones del espíritu (donde “percepción” es sinónimo de cualquier estado de conciencia). A las percepciones que se reciben de modo directo las llama Hume impresiones, y las dividen en impresiones de la sensación, es decir, las que provienen de los sentidos (están referidas al “mundo exterior”), e impresiones de la reflexión, vale decir, las de nuestra propia interioridad.

Ejemplo de impresión de sensación: un color, un sabor determinado. Ejemplo de la impresión de reflexión: el estado de tristeza.

Estas impresiones o representaciones originarias, se diferencian de las percepciones derivadas, que Hume llama ideas, como los fenómenos de la memoria o de la fantasía. En su investigación sobre el entendimiento humano escribe:

Todo el mundo admitirá fácilmente que hay una considerable diferencia entre las percepciones del espíritu cuando una persona siente el dolor del calor excesivo, o el placer de la tibieza moderada, y cuando después recuerda en su memoria esa sensación o la anticipa imaginándola.

El recuerdo no es un estado originario, sino derivado de una impresión. Y lo mismo ocurre con la fantasía, cuando se imagina, por ejemplo, un viaje que pensamos realizar próximamente. Y agrega Hume:

Podemos observar una distinción similar en todas las otras percepciones del espíritu. Un hombre en un acceso de cólera es impulsado de modo muy diferente de otro hombre que sólo piensa en esa emoción.

No es lo mismo, en efecto, estar encolerizado que recordar la cólera del  día anterior, o imaginar como me puedo encolerizar por algún hecho futuro. Hay entonces una diferencia fundamental entre “impresiones” e “ideas”. Y esta diferencia, según Hume, es una diferencia de intensidad o vivacidad:

Con el término impresión significo, pues, todas nuestras percepciones más vivaces cuando oímos o vemos o palpamos o amamos u odiamos o deseamos o queremos. Y las impresiones se distinguen de las ideas -que son las percepciones menos vivaces de que somos conscientes cuando reflexionamos sobre cualquiera de esas sensaciones o movimientos antes mencionados.

Tanto las ideas cuanto las impresiones pueden ser a su vez complejas o simples, según que se les pueda descomponer o no:

Aunque un color particular, o un sabor u olor son cualidades que están todas reunidas en una manzana, es fácil darse cuenta de que no son lo mismo, sino que al menos son distinguibles unas de otras.

Todos nuestros conocimientos derivan directa o indirectamente de las impresiones. Incluso las idas o nociones más complejas, aquellas que -por lo menos ante un primer examen- parecen más alejadas de la sensibilidad, en definitiva, si observamos y nos fijamos bien, provienen también ellas de impresiones. Por ejemplo, me puedo hacer la idea de una montaña de oro, dice Hume, y podría creer que se trata de un hecho originario de mi mente; pero no es difícil darse cuenta de que no se trata de una percepción originaria, sino que es simplemente el resultado de una combinación operada por mi espíritu, que ha unido la idea de oro, de un lado, con la de montaña, por el otro, ideas que yo poseía antes y que derivan de impresiones.

Según esto, el espíritu humano no tiene otra posibilidad como no sea la de mezclar o componer, dividir o unir los materiales que las impresiones suministran. Y en esta actividad el espíritu no responde a otra legalidad que a la de las leyes de asociación de las ideas. Según Hume son tres: asociación por semejanza, asociación por contigüidad en el tiempo y en el espacio, y asociación por causa y efecto:

Creo que nadie dudará de que estos principios sirven para conectar ideas. Un cuadro conduce nuestros pensamientos hacia el origen [semejanza]; cuando se menciona un departamento de un edificio naturalmente se sugiere una conversación  o una pregunta acerca de los otros [contigüidad]; y si pensamos en una herida apenas podemos evitar que nuestra reflexión se refiera al dolor consiguiente [causa y efecto].

Se da así un notable paralelismo con el esquema básico de la ciencia física moderna. Para ésta, en efecto, a) el mundo material se reduce a unidades últimas, ya indescomponibles, los átomos, cuyo movimiento, combinaciones y separaciones producen la totalidad de los procesos que constituyen el mundo físico; y b) toda la multiplicidad de los cambios que allí ocurren está regida por una sola ley, la ley de gravedad, descubierta por Newton.

Pues bien, Hume traslada aquel esquema al campo del hombre, a su vida espiritual; el subtitulo de su obra mayor, el Tratado de la naturaleza humana, es: “un intento para introducir el método experimental de razonar” -es decir, el método de observación y descripción empírica- “en los temas morales”- esto es, en las cuestiones relativas al espíritu del hombre.

Notas y referencias.

Treatise of human nature (Hume)

Principios de filosofía (Adolfo P. Carpio)

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