El principio fundamental del empirismo.

 

empirismo

Hume puede entonces resumir lo dicho y enunciar su principio fundamental empirista en los siguientes términos:

todos los materiales del pensar se derivan de nuestras sensaciones externas o internas. Sólo la mezcla y composición de éstas pertenece al espíritu y a la voluntad. O, para expresarme mejor en lenguaje filosófico: todas nuestras ideas, o percepciones más débiles, son copia de nuestras impresiones o percepciones más vivaces.

Hume cree poder probar el principio empirista mediante dos argumentos. En primer lugar:

cuando analizamos nuestros pensamientos o ideas, por más compuestos o sublimes que sean, veremos siempre que se reducen a ideas tan simples como eran las copias de sensaciones precedentes. Aunque aquellas ideas que parecen más alejadas de este origen, después de cuidadoso examen aparecen como derivadas de él.

De manera que si nos ponemos a analizar nuestras ideas, por más complicadas o sublimes que sean, por más alejadas de las sensibilidad que parezcan, se verá que en última instancia se reducen siempre a impresiones. Y de ello es un ejemplo, además de la “montaña de oro”, ya mencionada, la mismísima idea de Dios. En efecto,

la idea de Dios, con el significado de un Ser infinitamente inteligente, sabio y bueno, surge al reflexionar sobre las operaciones de nuestro propio espíritu y al aumentar ilimitadamente estas cualidades de  bondad y sabiduría.

La idea de Dios es la idea de un ente infinitamente sabio, infinitamente poderoso, infinitamente bueno, etc. Hume se pregunta de dónde procede tal idea, y observa que ella no es más que la reunión y multiplicación al infinito de ideas de cualidades características de nuestro propio espíritu. Pues mediante la reflexión me doy cuenta de que poseo algunos conocimientos, un cierto saber; la reflexión me permite también observar en mi cierta capacidad para hacer cosas, un cierto poder; y me percato así mismo, de la misma manera, que hay en mi cierta bondad. Multiplico luego al infinito la idea de saber y obtengo la idea de sabiduría infinita y perfecta; hago lo mismo con la idea de poder, y formo la idea de poder infinito u omnipotencia; y extendiendo igualmente la idea de bondad, llego a forjarme la idea de bondad absoluta y perfecta. Enlazó por último estas tres ideas -omnisciencia, omnipotencia y bondad suma- en una sola idea compleja, y entonces tendré formada la idea de Dios. En tanto que para Descartes la idea de Dios era una idea innata, que el hombre no es capaz de producir, para Hume es una idea construida por el espíritu sobre la base del material que proporcionan impresiones de la reflexión.

Y mientras el filósofo francés se sentía forzado a sostener que esa idea correspondía en la realidad un ente efectivamente existente, Hume se limita tan sólo a comprobar que de hecho tenemos tal idea, pero que, por el momento, al menos, no es sino una idea más, sin ningún privilegio respecto de las otras, y comparable por tanto a la idea de centauro, a la de sirena o la de montaña de oro. Quizás a la idea de Dios corresponde una realidad, es posible que haya Dios (como tal vez haya sirenas en algún remoto lugar del océano), pero también es posible que no exista; por lo tanto, Dios no es por lo pronto, según Hume, nada más que una mera idea.

El segundo argumento dice:

si ocurre que, por defecto del órgano, una persona no es capaz de experimentar ninguna clase de sensación, tiene la misma incapacidad para formar las ideas correspondientes. Así, un ciego no puede formarse noción de los colores ni un sordo de los sonidos.

Pero si se les otorgase a alguno de ellos el buen uso del órgano de que carecen, el ciego pronto llegaría a alcanzar la idea de color o el sordo la de sonido.

De esta forma Hume se encuentra en condiciones de formular el criterio con que determina la validez de una idea. Toda idea deriva en definitiva de alguna impresión, según se ha visto; pero para que la idea tenga valor objetivo, es preciso que copie o represente exactamente una impresión, es decir, que le corresponda una impresión con el mismo significado que posee la idea -y si se trata de una idea compleja , habrá de corresponderle una impresión a cada uno de sus elementos, y en la misma relación con que se dan en una idea. Una idea es valida en cuanto concuerda con las impresiones. Si la impresión faltase, como en el caso de la montaña de oro -porque no tengo impresión de montaña y oro a la vez-, ello querría decir que la idea no es valida, que no es una idea objetiva, sino una idea carente de significación real, producto sólo de la imaginación. En consecuencia:

Cuando abriguemos, pues, la sospecha de que un término filosófico se emplea sin ninguna idea o significación -como es muy frecuente- tenemos que preguntarnos: ¿de que impresión se deriva esta supuesta idea? Y si es imposible asignarle alguna, esto servirá para confirmar nuestra sospecha.

Notas y referencias.

Se recomienda leer antes: Impresiones e ideas. y El empirismo y Hume.

Treatise of human nature (Hume)

Principios de filosofía (Adolfo P. Carpio)

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