La nueva teoría: los juegos de lenguaje.

 

Las Investigaciones filosóficas (Philosophische Untersuchungen) constituyen una serie de observaciones más conexas que las del Tractatus, simplemente enumeradas correlativamente (excepto la segunda parte), referentes al tema del lenguaje y la filosofía.

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En esta obra que representa el periodo final de su pensamiento, Wittgenstein sostiene una concepción muy diferente del lenguaje: pues mientras que en el Tractatus se había esforzado por la construcción de un lenguaje (lógicamente) ideal, ahora reconoce que la función capital de éste no es la informativa, no es la de construir una “figura” de la realidad. Según las investigaciones, lo que interesa es saber cuál es el uso que en el lenguaje tiene en cada caso la palabra o frase.

Pese a las diferencias -que son muchas- en las dos obras, hay cierta continuidad en el pensamiento de Wittgenstein, pues éste sigue viendo en la filosofía “una actividad más bien que una teoría, la actividad de esclarecer las proposiciones y precavernos de ser arrastrados por el falso camino -la metafísica- debido a las apariencias engañadoras del lenguaje corriente”. Pero en tanto que el Tractatus analizaba el lenguaje para descubrir su oculta estructura, ahora se trata de mostrar cómo la actividad analítica se aplica en los “juegos del lenguaje”, y que los términos o signos que el metafísico emplea no tiene lugar en dicho juego.

Los juegos de lenguaje.

Para comprender lo que se ha dicho es necesario considerar que Wittgenstein compara los diferentes lenguajes con el modo en que jugamos un juego. El error de base de las teorías corrientes ha consistido en la creencia de que el lenguaje tendría una “esencia” que habría que poner en manifiesto. Pero no hay nada de eso. En lugar de esa oculta esencia, sólo debemos prestar atención a lo que ahora estudiaremos, el lenguaje; y observar como funciona; pues

El significado de una palabra es su uso en el lenguaje.

En lugar de la cuestión por la esencia o “esqueleto lógico”, ahora se impone la pregunta por el uso.

Al plantearse esta cuestión, no es difícil ver que tales usos son diversos e innumerables, que no hay “un” lenguaje (según había creído el Tractatus), sino que lo que hay en verdad son lenguajes, o formas de vida.

Hay innumerables: innumerables géneros diferentes de empleo de todo lo que llamamos “signos”, “palabras”, “proposiciones”. Y esta diversidad no es nada fijo, algo dado de una ves por todas, sino que nuevos tipos de lenguaje, nuevos juegos de lenguaje, como podemos decir, surgen y otros envejecen y se olvidan.

Wittgenstein compara la manera cómo usamos los diferentes lenguajes con la manera cómo jugamos un juego, y sus leyes o reglas, a las reglas de ese juego (por ejemplo, el ajedrez)

La pregunta: “¿Qué es verdaderamente una palabra?” es análoga a “¿Qué es una pieza de ajedrez?”

Es obvio que la pieza de ajedrez no es ni su material ni su forma o figura, sino lo que le dicta la regla del juego.

La expresión “juego de lenguaje” ha de poner de relieve aquí que el hablar de lenguaje es parte de una actividad, o de una forma de vida.

Wittgenstein insiste en que no hay una esencia “juego”, como algo en común de lo que participasen los diversos juegos y con ayuda del cual los pudiésemos “definir”. Entre los diversos y variadísimos  “juegos”, sólo puede discernirse cierta similitud o “familiaridad”

Considera por ejemplo, los procesos que llamamos “juegos”. Me refiero a juegos de tablero, juegos de naipes, juegos de pelota, juegos de lucha, etc. ¿Qué es común a todos ellos? -No digas: tiene que haber algo común a ellos, si no, no se llamarían juegos sino mira si hay algo común a ellos. -Pues si los miras no verás por cierto algo que sea común a todos, sino que verás semejanzas, parentescos y por cierto toda una serie de ellos. Como se ha dicho: ¡no pienses, sino mira!

Y después de examinar diversas especies de juego:

El resultado de este examen reza pues: vemos una complicada red de similitudes que se superponen y entrecruzan. Parecidos en lo grande y en pequeño.

Por tanto, según Wittgenstein, no hay una esencia “juego”, sino tan sólo parentescos. Y escribe entonces:

No puedo caracterizar mejor estos parecidos que con la expresión “parecidos de familia”; pues es así como se superponen y entrecruzan los diversos parecidos que se dan entre los miembros de una familia: facciones, color de ojos, andar, temperamento, etc, etc, y diré: los “juegos” constituyen una familia.

Algo similar ocurre con los “juegos del lenguaje”, que sirven como

objetos de comparación que debe arrojar luz sobre las condiciones de nuestro lenguaje por vía de semejanza y desemejanza.

En el lenguaje la función de los signos resulta del contexto dentro del cual aparecen, el cual tan sólo permite determinar el sentido de los mismos. Ello quiere decir que el sentido resulta ser función del uso dentro del lenguaje corriente.

comprender una proposición significa comprender un lenguaje. Comprender un lenguaje significa dominar una técnica.

Pues bien, el error de la metafísica (de la filosofía en genere) ha consistido en llevar una expresión “fuera” de los limites del juego de lenguaje donde tiene su origen y lugar legítimos, en no representar el uso que el lenguaje cotidiano le otorga; pues entonces ocurre como que el lenguaje “se va de fiesta” y marcha como mecanismo sin control.

Wittgenstein cita el comienzo del paisaje (¿qué es pues el tiempo? si ninguno me lo pregunta, lo sé; si quiero explicarlo a quien me pregunta, no lo sé) y observa:

Esto no podría decirse de una pregunta de la ciencia natural (por ejemplo, la pregunta por el peso especifico del hidrógeno). Lo que se sabe cuando nadie me pregunta, pero ya no se sabe cuando debemos explicarlo, es algo de lo que debemos acordarnos. (Y es obviamente algo que por alguna razón uno se acuerda con dificultad.)

Preguntar por la fecha (el tiempo) en que ocurrió tal o cual suceso, o preguntar qué hora es, son preguntas con sentido porque todos entienden a qué nos referimos. Pero preguntar qué es el tiempo, así, en general, es crearse una perplejidad, caer en un falso camino del que no hay salida. En lugar de jugar el juego al que el lenguaje nos invita  y nos permite jugar, formulamos una pregunta que sale de los limites del juego (fuera del lenguaje): sería como preguntar por qué el rey sólo puede moverse en el ajedrez de determinada manera, a lo cual sólo podría responderse: porque esa es la regla del juego.

De modo semejante y por hacerse ilusiones acerca del lenguaje, los filósofos son como salvajes:

Somos, cuando filosofamos, como salvajes, hombres primitivos, que oyen los modos de expresión de hombres civilizados, los malinterpretan y luego extraen las más extrañas conclusiones de su interpretación.

Así han dado lugar a los problemas de la filosofía, los cuales en rigor no son problemas (como sí lo son los de las ciencias), sino perplejidades, inquietudes, que el filósofo se causa por no manejar correctamente el lenguaje, por infringir las reglas de su juego.

La filosofía es una lucha contra el embrujamiento de nuestro entendimiento por medio de nuestro lenguaje.

embrujo del que sólo podemos librarnos gracias a la filosofía de Wittgenstein. Porque en rigor los problemas filosóficos no se resuelven, sino que se “disuelven”.

Notas y referencias.

épater le bourgeois: dejar patidifuso o atónito al lector [en este caso]

An Introduction to Wittgenstein’s Tractatus (A.E.G. Anscombe)

Wittgenstein (A. Kenny)

Wittgenstein. Die Negation del Philosophie (W. Schulz)

Principios de filosofía (Adolfo P. Carpio)

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