La deducción trascendental de las categorías: La apercepción trascendental.

 

La tarea de la deducción trascendental consiste en explicar y justificar cómo, a pesar de ser las categorías formas de nuestro pensamiento y, en tal sentido, algo subjetivo, no obstante valen para todo nuestro conocimiento de objetos, es decir, tienen valor objetivo. Los conceptos empíricos no requieren “deducción” ninguna, pues los respalda la experiencia. Mas las categorías, que son conceptos puros, a priori, reclaman justificación, esto es, que se ponga en manifiesto el derecho que garantice su empleo. Tal derecho (quid iuris) es lo que muesca la deducción. Esta deducción representa la parte más díficil de la Crítica, y el propio Kant señala que fue la que más trabajo le diera.

Según se sabe, para que haya objeto de conocimiento se requieren dos factores, intuición y pensamiento, que proporcionan el contenido y la forma, respectivamente del objeto. Si faltase el primero, si no hubiese algo dado, el conocimiento carecería de contenido, sería vacío; si faltase el segundo, carecería de intangibilidad o racionalidad, sería “ciego”, sin sentido.

Ahora bien, es imposible pensar sin las categorías, pues estas constituyen las formas necesarias de todo pensar, sus condiciones. Es imposible pensar ningún objeto si no se le piensa como unidad, multiplicidad o totalidad; como cosa (substancia) o accidente; como causa o efecto; como posible o como efectivamente real o como necesario, etc. En la medida entonces en que conocer implica pensar, y el pensar exige el empleo de las categorías, resulta que éstas, en tanto que son conceptos de un objeto en general, han de ser necesariamente validas para los objetos del conocimiento. Kant resume la deducción trascendental:

[…]Toda experiencia contiene, además de la intuición de los sentidos, por lo cual algo es dado, un concepto de un objeto que está dado, o aparece, en la intuición; según esto, a la base de todo conocimiento de experiencia habrá, como sus condiciones a priori, conceptos de objetos en general; por consiguiente la validez objetiva de las categorías, como conceptos a priori, descansará en que sólo por ellas es posible la  experiencia (según las formas del pensar).

O brevemente:

Las condiciones de la posibilidad de la experiencia en general son a la vez condiciones de la posibilidad de los objetos de la experiencia.

Las intuiciones no nos proporcionan objetos, sino una mera multiplicidad. Para hacer de esta un conocimiento es preciso enlazarla y constituir una unidad o serie de unidades y así hacer de ella un objeto. Tal enlace no puede ser obra de la sensibilidad, que es únicamente receptiva, sino acción del entendimiento, que es espontaneidad, actividad, capacidad de síntesis. El entendimiento, entonces, enlaza -no produce- representaciones, y sus enlaces no son sino los doce que conocemos, las doce categorías.

Mas para tal tarea de enlace que el entendimiento cumple mediante las categorías se requiere una unidad más alta -que ya no es la categoría de “unidad”, sino una unidad tal que se aplica a la totalidad de los conocimientos todos, esto es, un enlace no meramente de tal o cual representación, sino de todas ellas y que al par les otorgue coherencia. Este último y fundamental enlace de todas las representaciones reside en que todas ellas pueden ser referidas a una conciencia única o yo único, pues si alguna representación no estuviese referida al yo como actividad pensante, si alguna representación no fuese “yo pienso…” tal o cual representación, la representación no sería absolutamente nada.

El yo pienso tiene que poder acompañar a todas mis representaciones; pues si no, sería representado en mí algo que no podría ser pensado, lo cual significa tanto como decir que la representación sería, o bien imposible, o al menos nada para mí.

El conocimiento consiste en un conjunto o sistema de representaciones que llamamos juicios, y estas representaciones no son sino operaciones o actos de una conciencia, de un yo pienso unitario. El espíritu no sólo posee sensibilidad; posee entendimiento y la posibilidad de referir sus juicios a un yo único, a una conciencia idéntica, de modo que mis representaciones sean mis representaciones , es decir, que puedo referir todas mis representaciones a una autoconciencia única -sin lo cual el yo de cada uno sería tan múltiple y diverso como sus representaciones sensibles. Para que haya conocimiento, hay que enlazar la diversidad y unidad. Tal síntesis la llama Kant apercepción trascendental.

La unidad sintética de la conciencia es pues una condición objetiva de todo conocimiento; no que yo la necesite meramente para conocer un objeto, sino que es condición bajo la cual tiene que estar toda intuición para llegar a ser objeto para mí, porque de otro modo, y sin esta síntesis, lo múltiple no se uniría a una conciencia.

La suprema y última condición de todo conocimiento estriba en la capacidad originaria del entendimiento para reducir toda multiplicidad a unidad, la conciencia trascendental enlaza uno con otro, establece conexiones, en una palabra constituye ese plexo coherente de fenómenos que llamamos naturaleza. De donde resulta que si la experiencia en su conjunto (la naturaleza) es una totalidad unitaria, y no una serie de hechos inconexos, lo es por obra de la unidad de la conciencia que la piensa, porque la piensa una conciencia única. Pues todas las operaciones sintéticas que ésta cumple y que c onstituyen la naturaleza, es decir, todas las formas de unidad de la síntesis -las categorías- dependen de una conciencia única y modificadora: la auto conciencia trascendental o “yo pienso”, que es el fundamento de todas as categorías y de donde “brotan” todas ellas. Entonces puede decirse que las categorías, y por ende los distintos actos de pensar, son como los diversos actos de la apercepción trascendental, el despliegue o especificación del originario acto de unificación en que consiste la conciencia trascendental.

Pero es necesario precisar aun más qué es esta “conciencia trascendental”. Piénsese en un tratado de física. El libro está constituido por juicios, y todo juicio es acto de un sujeto, de un “yo pienso”, de una conciencia cognoscente. Pero en la medida en que los juicios del tratado son objetivos, válidos objetivamente, tales juicios no estarán formulados por ningún sujeto empírico o particular -ni siquiera por el autor del libro como individuo, sea Newton o Einstein- , sino por la conciencia trascendental, por el sujeto en general, algo así como el sujeto “ideal”, “abstracto” o “virtual”, el sujeto común a todo individuo humano en general, del que participó Newton y del cual el tratado es expresión, o, si se quiere, la ciencia misma personificada: se trata del yo y de la experiencia que todos conocemos y admitimos en tanto pensamos objetivamente. En otras palabras, se trata del “sujeto” que todos somos, del que todos participamos cuando pensamos objetivamente y del que, naturalmente, participó el autor mismo del tratado en tanto lo escribía y pensaba objetivamente.

Sabemos que con puras impresiones nunca se tendría conocimiento en el sentido propio de la palabra. Pero ocurre que de hecho tenemos conocimientos objetivos, como por ejemplo, en la física. Por tanto la explicación de Hume es insuficiente, pues nuestro conocimiento está constituido por algo más que puras impresiones. Con las solas impresiones no habría sino aquellos confusos estados del individuo que despierta del desmayo; un caos donde ni siquiera podría establecerse enlaces habituales, porque el hábito supone que ya hay un sujeto (psicológico) del hábito, sujeto más o menos constante, y por el otro lado los objetos, también constantes, con cierta unidad y uniformidad, que determinan el hábito. En suma, una vida de meras impresiones sería una vida prehumana.

Kant encara el problema desde un plano mucho más fundamental que Hume, el plano trascendental, donde se constituye tanto el objeto de conocimiento, cuanto el sujeto empírico. Por eso el sujeto al que se refiere Kant -el sujeto del “yo pienso”, la apercepción trascendental- no es el sujeto que soy yo, o Fulano, etc., no es el sujeto individual empírico; sino el sujeto en general, la conciencia trascendental, vale decir, la constitución universal de todo sujeto humano, y que es lo que permite que podamos tener un conocimiento común, válido para todos, y en este sentido, objetivo.

Resulta entonces que para que haya conocimiento tienen que establecerse enlaces entre las impresiones. estos enlaces, si han de significar un conocimiento objetivo, no pueden ser enlaces basados en la costumbre, porque éstos son subjetivos, contingentes; deberá tratarse de enlaces necesarios que no dependan del sujeto empírico individualmente considerado, sino de enlaces (las categorías) que valgan objetivamente para cualquier sujeto humano que pueda ponerse a pensar. Que esto es posible, lo muestra el hecho de la ciencia físico-matemática, puesto que esta ciencia se nos presenta con la exigencia de ser un conocimiento necesario, sintético y a priori (por lo menos en su parte fundamental, en lo que Kant llama “física pura”)

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Notas y referencias.

Crítica a la razón pura (Kant)

Principios de filosofía (Adofo P. Carpio)

 

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7 comentarios sobre “La deducción trascendental de las categorías: La apercepción trascendental.

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  1. Estupenda explicación de un tema difícil como la apercepción trascendental. Una pregunta si no implica abusar de quien la expone: ¿A lo largo de su vida Kant siempre sostuvo la misma explicación para “apercepción”?

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    1. Kant consideraba que la base de esta unidad es la identidad del “Yo”, es decir, el hecho de que en cada representación se incluye la tesis: “Yo pienso”.

      La apercepción trascendental es concepto idealista y metafísico de Kant para quien la unidad sintética de la experiencia está fundada no en la unidad objetiva del mundo material reflejado en la conciencia, sino en la unidad subjetiva original de la “conciencia pura”.

      Pareciese que Kant trabajó bastante en la expocición de la apercepción; entonces es probable que mantuviese siempre el mismo concepto.

      Saludos Ricardo. Bienvenido.

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  2. El conocimiento como un acto propio del pensamiento consciente, nos eleva hacia la comprensión de nuestra realidad humana.
    Poniendo luz en los pasillos oscuros de una mente en evolución.

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  3. perdón esa pregunta suena muy… mas bien dicho, me gustaría saber tu opinión acerca de la lucha que tenemos mucho día con día sobre no hacernos juicios, pero siempre lo hacemos aunque no queramos , pues lo necesitamos para poder “nadar en nuestro mar” tratando de tomar decisiones correctas acerca de situaciones o personas.

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    1. Hola Teresa, ya se te extrañaba. Mira quizás te refieres a los prejuicios que tenemos día a día, algo que considero natural, puesto que de ellos desembocan muchas de nuestras percepciones. Para Kant los modos de pensar los denomina juicios; estos pueden ser analíticos y sintéticos. Los juicios se refieren al modo de conocer, pueden ser tanto afirmativos cuanto negativos, verdaderos o falsos. En resumen, los juicios son el modo en que nuestro pensar se manifiesta mediante nuestro lenguaje.

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