La Dialéctica trascendental.

Si Kant ha logrado explicar y justificar la posibilidad de conocimiento necesario y universal en la ciencia de la naturaleza, hay que hacer de inmediato una importante restricción: la de que ese conocimiento no alcanza las cosas en sí mismas, no es conocimiento metafísico en el sentido en que la filosofía anterior -Platón, Aristóteles, Descartes- había entendido la metafísica, sino que se trata de un conocimiento fenoménico, es decir, que lo que conocemos no son las cosas tales como son en sí mismas, sino tales como se nos aparecen. Esto no supone de ninguna manera que nuestro conocimiento sea ilusorio; por el contrario, es un conocimiento perfectamente objetivo y válido de cosas reales; no de apariencias, sino de cosas que se nos aparecen -sólo que no tales cosas como esas son en sí, porque ello supondría un conocimiento absoluto, que a la finitud del hombre le está vedado.

Pero justamente porque este conocimiento que el hombre logra no es absoluto, no lo conforma nunca por completo. La experiencia, en efecto, nos da siempre conocimiento de algo condicionado, es decir, en función de condiciones o limitaciones. De este modo el entendimiento, por su propia naturaleza, se ve llevado a realizar síntesis cada vez más amplias, a buscar condiciones cada vez más vasta, hasta que llega un momento en que salta más allá de todo lo que la experiencia nos da, y aun más allá de lo que puede darnos. Entonces cuando realiza este salto, el entendimiento se transforma en lo que Kant llama razón (en el sentido estricto que el filósofo da a esta palabra).

La razón, entonces, es la facultad de lo incondicionado, de lo que está más allá de todas las condiciones: la facultad que nos lleva a construir la síntesis última de todo lo que se puede dar al conocimiento. La razón es la facultad que busca lo absoluto, porque el hombre, si bien es finito, nunca se conforma, ni debe conformarse, con lo que ya sabe, que siempre es muy poco en comparación con lo que siempre queda por saber. La razón termina por afirmar el concepto de algo incondicionado, el concepto de totalidad de todas las condiciones, de algo que contuviera en sí la totalidad de todas las condiciones y que a su vez ya no estuviese condicionado por nada: un absoluto, entonces. A este concepto de lo incondicionado lo llama Kant idea, y por ello la razón puede definirse diciendo que es la facultad de las ideas.

Kant distingue tres ideas: la Idea de alma, como unidad absoluta del sujeto pensante; la Idea de mundo, como unidad absoluta de la serie de condiciones del fenómeno; y la Idea de Dios, como unidad absoluta de la condición de todos los objetos del pensamiento en general.

Pero si bien la razón afirma necesariamente estas Ideas, si bien la razón afirma necesariamente lo absoluto -y en este sentido la metafísica es metaphysica naturalis, una disposición natural del hombre-, sin embargo la razón no alcanza jamás lo absoluto mismo en el campo teórico, en el campo del conocimiento. La razón afirma las Ideas, pero no puede conocer -ni siquiera saber si existen- los “objetos” a que estas ideas se refieren. La razón, por su propia naturaleza, produce la Idea de Dios; pero si existe Dios o no existe, no podemos saberlo, porque para que el hombre tenga conocimiento, algo le tiene que ser dado, y justamente al hombre no le es dado lo absoluto. El hombre piensa lo absoluto; pero pensar no es conocer, puesto que para que haya conocimiento tiene que unirse al pensar la intuición, la presencia del objeto, cosa que aquí no ocurre.

Las Ideas, entonces, no tienen valor “constitutivo” en el conocimiento, es decir, no son principios capaces de convertir las intuiciones en objetos, no son principios aplicables a nada dado. Pero sin embargo lo absoluto que la razón  postula, tiene, si no una función constitutiva, en cambio otra función muy importante, que Kant llama “regulativa”. La Idea de los absoluto es una máxima o un principio “heurístico”, vale decir que ha de servir para descubrir nuevos conocimientos, para que la investigación científica no se detenga jamás en ninguna condición como si fuese la última, porque detenerse en la marcha del conocimiento científico sería caer en el dogmatismo, conformarse con la explicación dada y juzgar superflua toda investigación ulterior, en tanto que la ciencia debe esforzarse por seguir siempre más allá, obteniendo síntesis cada vez más amplias. Las Ideas orientan al conocimiento hacia una meta, que es la totalidad unitaria que la razón busca y nunca termina de hallar; la Idea de lo incondicionado es la idea de una tarea necesaria que nunca alcanzaremos en su totalidad. Por ello dice Kant, en un juego de palabras, que no son nada dado (geleben), sino representan una tarea (Aufgabe) que nos es propuesta (aufgegeben) por la naturaleza de nuestra razón.

Pero si se olvida que las Ideas -alma, mundo, Dios- tienen nada más que uso regulativo, que no les corresponde objeto ninguno en la experiencia, y las consideramos en cambio como representaciones de algo efectivamente existente, entonces caemos en una ilusión y en un engaño, porque pretenderíamos conocerlas, y las determinaciones del conocimiento, que sólo se refieren legítimamente al mundo fenoménico, las estaríamos transfiriendo al mundo suprasensible, del que no tenemos intuición ninguna. En tal sentido, las Ideas son vacías.

No se trata, sin embargo, de una ilusión caprichosa, sino de una ilusión involuntaria, engaño natural e inevitable que nos lleva a tratar lo incondicionado, que sólo nos es propuesto, como si fuese algo dado o puesto. Y de tal manera la razón cae en paralogismos y contradicciones. Kant realiza así en la Dialéctica trascendental una crítica profunda y sutil de toda la metafísica anterior a él, la cual pretendia darnos un conocimiento acerca del alma, acerca del mundo y acerca de Dios, conocimiento que podía ser positivo o negativo, afirmativo o no, pero conocimiento al fin, porque son formas de conocimiento tanto afirmar, por ejemplo, que Dios existe, como que no existe; y lo que Kant niega es que podamos conocer nada, ni la existencia ni tampoco la inexistencia de Dios o del alma, etc.

Kant divide la Dialéctica trascendental, y por ende su crítica a la metafísica tradicional, en tres grandes secciones: a) Los paralogismos de la razón pura, donde se muestra que todos los argumentos tradicionales para demostrar la existencia del alma y el carácter simple de la misma (y por tanto su indestructibilidad, su inmortalidad) son argumentos sofísticos; b) La Antinomia de la razón pura, que se ocupa de la Idea del mundo; y c) el Ideal de la razón pura, donde se trata la Idea de Dios.

kant-iii-filosofia-11-6-728

Notas y referencias.

Crítica de la razón pura (Kant)

Principios de filosofía (Adofo P. Carpio)

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