El imperativo categórico y la Libertad.

El imperativo categórico.

El valor moral de la acción no reside en aquello que se quiere lograr, no depende de la realización del objeto de la acción, sino que consiste única y exclusivamente en el principio  por el cual se realiza, prescindiendo de todos los objetos de la facultad de desear. Ese principio por el cual se realiza un acto, Kant lo llama la máxima de la acción; es decir, el principio o fundamento subjetivo del acto, aquello por lo cual concretamente realizo el acto.

Kant formula el imperativo categórico en los siguientes términos:

Obra según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal.

Lo cual significa que sólo obramos moralmente cuando podemos querer que el principio de nuestro querer se convierta en ley válida para todos. Kant enuncia el imperativo categórico de diversas maneras, de las cuales nos interesa la fórmula del “fin en sí mismo”. El argumento es en síntesis el siguiente: Toda acción se orienta hacia un fin. Pero hay dos tipos de fines subjetivos. Por una parte, hay fines subjetivos, relativos y condicionados; son aquellos a que se refieren las inclinaciones y sobre los que se fundan los imperativos hipotéticos; ejemplo, si deseo poseer una casa (fin), debo ahorrar (medio). Pero hay además, según se sabe, un imperativo que manda absolutamente, el imperativo categórico, lo cual significa que -además de los fines relativos- tiene que haber fines objetivos o absolutos que constituyan el fundamento de dicho imperativo; fines absolutamente buenos (y no para tal o cual cosa), fines en sí. Ahora bien, lo único absolutamente bueno es la buena voluntad, y como esta sólo la conocemos en los seres racionales, en las personas, resulta que el hombre es fin en sí mismo, y Kant escribe:

Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre con un fin al mismo tiempo y nunca solamente como un medio.

Se obra inmoralmente cuando a una persona se le considera nada más que como un medio o “instrumento” para obtener algún fin.

La Libertad.

El hombre obra suponiendo que es libre; porque, en efecto, el deber, la ley moral, implica la libertad. Dentro del mundo fenoménico todo lo que ocurre está rigurosamente determinado según la ley de causalidad; no hay ningún hecho que no tenga su causa, la cual a la vez tiene la suya, y así al infinito. Ahora bien, también la vida psíquica del hombre es parte de la naturaleza; cada estado psíquico tiene su causa, y ésta la suya, etc. De manera que también nos encontramos aquí con un riguroso determinismo psíquico.

Esta claro que, dentro del orden causal estrictamente determinado no se puede hablar de libertad; en la naturaleza no hay lugar para el deber. Si una roca se desprende de una montaña, y mata a una persona, a nadie se le ocurre censurar moralmente a la montaña, porque su caída es un hecho puramente natural, que considerado por sí mismo, no es ni bueno ni malo. Por tanto, si el hombre fuera un ente puramente natural, la conciencia moral carecería absolutamente de sentido.

Pero la conciencia moral es un hecho indisputable, un “hecho de la razón” , tanto como lo es la ciencia natural y su exigencia determinista. Y el hecho del deber señala que el hombre no se agota en su aspecto natural, sensible; por el contrario, la conciencia moral, incompatible con el determinismo, exige suponer que en el hombre hay, además del fenoménico, un aspecto inteligible o nouménico, donde no rige el determinismo natural, sino la libertad. Esta es la única manera de comprender en nosotros el deber, pues sólo tiene sentido hablar de actos morales (buenos o malos) si se supone que el hombre es libre.

Es cierto que no podemos conocer que somos libres, pero nada nos impide pensarlo, según lo ha enseñado la tercera antinomia. La libertad es, pues, una suposición necesaria para pensar el hecho de la conciencia moral:

Vale sólo como necesaria supocición de la razón en un ser que crea tener conciencia de una voluntad, esto es, de una facultad diferente de la mera facultad de desear (la facultad de determinarse a obrar como inteligencia, según leyes de la razón, pues, independientemente de los instintos naturales). Mas donde quiera que cesa la determinación por leyes naturales, allí también cesa toda explicación […]

Siempre que hablamos de conciencia moral o hacemos juicios morales, tácitamente suponemos la libertad. Kant dice entonces:

que la libertad es sin duda la ratio essendi de la ley moral, pero la ley moral es la ratio cognoscendi de la libertad.

es decir, que la ley moral es la razón de que “sepamos” de la libertad, así como la libertad es la razón o fundamento de que haya ley moral, su condición de posibilidad.

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Notas y referencias.

Crítica de la razón práctica (Kant)

Principios de filosofía (Adofo P. Carpio)

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