Habiendo llegado a la filosofía del espíritu, toca turno de hacer un análisis a dos de las tres grandes divisiones en la marcha del espíritu -recordando que en parte es una marcha histórica que sigue un ritmo dialéctico fijado por la Idea-: el espíritu subjetivo y el espíritu objetivo.

Sobre el espíritu subjetivo.

El conjunto de las funciones anímicas o psíquicas del hombre individualmente considerado es denominado espíritu subjetivo por Hegel. En el momento subjetivo el espíritu aparece  en el “interior”, de manera individual, de forma que el espíritu no es aún para sí, sino solamente para el individuo. El espíritu subjetivo abarca todo un proceso que, partiendo de su dependencia respecto a la naturaleza, se esfuerza por llegar a la conciencia de la libertad, desde las manifestaciones más rudimentarias de la vida psíquica, hasta el momento en que el hombre se sabe capaz de autodeterminación (Carpio, 2004).

Subdividimos la doctrina del espíritu en tres partes: la antropología, la fenomenología y el espíritu libre. La antropología se ocupa de estudiar el alma como unidad ideal de cuerpo viviente, hasta la conciencia; trata temas como el temperamento, la sensación, el hábito, etc. El objeto de la fenomenología es la conciencia por medio de tres momentos: conciencia (conciencia sensible, percepción sensible, entendimiento), autoconciencia y razón. Con la fenomenología la conciencia se convierte propiamente en espíritu; aquí se considera el espíritu teorético o cognoscente (cuyos momentos son intuición, representación y pensar), el espíritu práctico, la voluntad (sentimiento práctico, impulsos y arbitrio, felicidad). Por último el espíritu libre, la voluntad que se determina a sí misma. Pero esta libertad es todavía algo interior, es la libertad del individuo dentro de sí mismo, en su interioridad, libertad encerrada en el individuo. Esta libertad interior es abstracta, no es verdadera libertad; para ser verdadera libertad tiene que objetivarse, realizarse, manifestarse en el mundo exterior, a saber, “salir fuera” del individuo.

Sobre el espíritu objetivo.

Para que la voluntad libre no quede en un plano meramente abstracto debe entonces corporizarse y el material directo del que dispone para tal fin es la sensación, es decir, los objetos o cosas “exteriores” a nosotros. Como ya hemos dicho, la voluntad libre, para ser verdaderamente libre tiene que exteriorizarse, no puede quedarse encerrada en sí misma sino que debe darse ella misma una esfera exterior de su libertad. Esta esfera es la propiedad, la cual expresa el momento en que la voluntad libre (la persona, el individuo autoconsciente) se afirma a sí misma y muestra su capacidad de apropiarse de las cosas, v.gr. un terreno: de tal forma, lo que era simple naturaleza, un simple espacio de tierra, al incorporarse al espíritu se convierte en propiedad (Carpio,2004). De esta manera es como el espíritu subjetivo pasa a ser espíritu objetivo.

El espíritu objetivo designa, según Hegel, las manifestaciones sociales, todas las instituciones humanas, las leyes, las costumbres, los diferentes vínculos entre personas, la moral, la historia, etc. El espíritu objetivo se va a dividir en tres partes: el derecho, la moralidad y la eticidad.

El derecho o derecho abstracto (das abstrakte Recht) considera las formas puramente exteriores de la convivencia, las relaciones jurídicas en tanto se limitan a los derecho y deberes de las personas consideradas sólo como personas, no todavía como ciudadanos. Es subdividida en propiedad, contrato e injusticia (Unrecht).

La moralidad (Moralität) se ocupa de la vida moral individual, en su aspecto interior, como conciencia moral. La voluntad, que en el derecho tenía por objeto una cosa exterior, aquí se convierte en objeto para sí misma.

La eticidad (Sittlichkeit), se ocupa de las instituciones sociales y de las normas incorporadas a ésta. Resuelve el conflicto entre la exterioridad del derecho y la interioridad de la ley moral, ambos momentos abstractos. Entre la voluntad individual y la universal existe una tensión que a l individuo se le presenta como un deber ser. La esfera de la eticidad se divide en tres partes: la familia, sociedad civil y Estado.

Con la familia comienza a resolverse el conflicto entre la voluntad individual (mis intereses particulares) y la ley moral. El desarrollo dialéctico pasa por el matrimonio, el patrimonio familiar y la disolución de la familia, con lo cual se refiere Hegel al proceso por el cual los hijos se separan de la familia en la que han nacido para formar otras familias. Al disolverse la familia, sus integrantes, los individuos, pasan a ser personas independientes, cada una de las cuales busca sólo su propio beneficio. Esto es lo que Hegel denomina sociedad civil (bürgerliche Gesellschaft), es decir, sociedad individualista, como conjunto de “átomos”, los individuos, que solo se preocupan por sus necesidades particulares. Se trata de un “sistema de necesidades”, porque las necesidades de los individuos están estrechamente relacionadas entre sí y se complementan mutuamente (los zapatos que uno produce, los necesita otros, que a su vez producen lo que el zapatero necesita). En la medida en que el individuo satisface sus necesidades, contribuye a satisfacer las de otros. Por su parte el Estado es la totalidad diferenciada, la armonía entre la ley y los intereses particulares.

La racionalidad, considerada abstractamente y en general, consiste en la completa unidad de la universalidad y la singularidad, y aquí [en el caso del Estado], concretamente, [consiste], según el contenido, en la unidad de la libertad objetiva, es decir, la voluntad substancial universal, y de la libertad subjetiva como saber individual y voluntad que busca sus fines particulares –y por tanto –según la forma, [consiste] en una acción que se determina a sí misma según leyes y principios pensados, es decir, universales (Philosophie des Rechts, trad., pag. 284).

El Estado constituye, de esta manera, una instancia superior a la familia y al individuo. Sin embargo, no hay que confundir a Hegel como un filósofo totalitario, es decir, que sostenga la completa subordinación del individuo ante el Estado. Por el contrario, “el verdadero Estado es el que armoniza lo universal con lo particular. Pues en la medida en que el individuo obedece al Estado, obedece a la ley, a lo universal, a la razón; y la razón no es nada distinto al individuo, sino lo que el individuo es en su fondo, lo que es en verdad; de manera que al integrarse en el Estado, el individuo reconoce en éste su propia razón objetivada. En el Estado el individuo no pierde su libertad, sino que, al revés, el Estado es la realización de la libertad y en él el individuo resulta determinado, no por algo ajeno a sí, sino por la racionalidad, que constituye su verdadero ser” (Carpio, 2004).

Distinguimos tres momentos dentro del estudio del Estado: constitución, derecho internacional e historia universal. Dentro de la constitución hay tres momentos: el monarca, el ejecutivo y el poder legislativo. El derecho internacional se ocupa de las relaciones entre unos Estados y otros, es decir, del aspecto externo de la soberanía, donde el derecho fundamental es que a cada Estado se le reconozca como independiente. Las relaciones entre Estados se basan en costumbres o tratados; sin embargo, las diferencias entre unos Estados y otros, en última instancia, sólo pueden resolverse, en casos extremos, con la guerra. A diferencia de Kant, Hegel niega la posibilidad de una paz perpetua y de un Estado mundial o autoridad internacional.

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Notas y referencias.

CARPIO, Adolfo P. “Principios de filosofía, una introducción a su problemática”. Glauco, Buenos Aires, 2004, pag. 300-302. (12/02/18)

 

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