La filosofía – Hegel

La religión mantiene la subsistencia de la dualidad entre lo finito y lo infinito, entre el hombre y Dios, y tal relación es captada en la forma de la representación. Sólo la razón supera tales oposiciones. Lo peculiar de la filosofía es que la Idea absoluta (Dios) se reconoce a sí misma en su “medio” propio, el concepto, porque la Idea es pensamiento: la filosofía es el momento en que la Idea –el fundamento último de todo- se piensa a sí misma.

La filosofía también se desarrolla históricamente según un orden, que es el orden de la Idea.

La historia de la filosofía no significa una serie caótica de doctrinas sin relación las unas con las otras y caprichosamente antagónicas, por el contrario, discierne en esa historia el proceso dialéctico progresivo por el cual la Idea alcanza paulatinamente el conocimiento completo de sí.

“según esta idea sostengo que la sucesión de los sistemas de filosofía en la historia es la misma que la sucesión en la deducción lógica de las determinaciones conceptuales de la Idea.

Cada sistema filosófico, tomado aisladamente, no representa más que un enfoque parcial de la Idea, la expresión sólo de algún o algunos momentos de ésta, y su verdadero sentido y “verdad” lo logra en tanto representa la superación de las etapas lógicamente anteriores. El orden que enseña la lógica parte del ser, y de allí pasa a la nada luego al devenir, más adelante al ser-para-sí, etc; y así se encuentra en la historia de la filosofía de Parménides (el ser puro), los sistemas orientales y en especial el budismo (la nada), Heráclito (el devenir), los atomistas (el ser-para-sí) etc., hasta llegar a la filosofía de Hegel, en la que se contienen y superan todos los sistemas anteriores, porque en él la Idea se ha desplegado por completo y ha llegado a su absoluto autoconocimiento.

la filosofía hegel


Referencias.

CARPIO, Adolfo P. “Principios de filosofía, una introducción a su problemática”. Glauco, Buenos Aires, 2004, pag. 318-319. (24/02/18)

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La religión – Hegel

El arte es sólo una forma del espíritu absoluto, y no su figura más alta, pues ningún objeto sensible puede adecuarse en plenitud al espíritu; el arte está forzado a tener que darle configuración sensible a su contenido, pero por su propia índole el espíritu no puede nunca realizarse perfectamente en la exterioridad. Y en tanto la poesía abandona lo sensible, el arte comienza a disolverse y se halla en camino de convertirse en representación.

La representación (Vorstellung) es la forma o medio propio de la religión. Hegel entiende por “representación” lo que por común llamamos pensamiento, es decir, una especie de imagen a la que se otorga sentido universal.

La representación religiosa remite explícitamente a lo Absoluto, al dios, como algo que está más allá del sujeto.

El concepto de religión tiene tres momentos: 1) el momento de lo universal, el espíritu puro. Dios (el Reino del Padre); 2) la particularización, la diferencia, los sujetos particulares (el Reino del Hijo); 3) la unión de los sujetos con Dios, el retorno hacia sí, el culto (la Idea en el elemento de la comunidad de los fieles o el Reino del Espíritu)

La religión, como el arte, ofrece un desarrollo histórico de su concepto. Comienza con 1) la religión natural (Naturreligion), donde lo divino aparece como substancia natural. Luego siguen las religiones de la 2) individualidad espiritual, en las cuales lo espiritual se eleva sobre lo natural: a) el judaísmo o religión de la sublimidad, donde se da una total separación de espiritualidad y naturaleza; b) la religión griega o religión de la belleza, en la que se encuentra una íntima unidad entre espíritu y naturaleza; y c) la religión romana o religión de la utilidad (Zweckméssigkeit) donde a Dios se lo concibe como sujeto, pero en tanto persona individualizada.

La c) religión absoluta la ve Hegel en el cristianismo. Allí Dios es unidad de substancia y sujeto, espíritu absoluto. En cristo, Dios es a la vez Dios y hombre. El cristianismo

“implica el dogma de la unidad de la naturaleza divina y humana, revelada a los hombres por Cristo: Hombre y Dios, la idea objetiva y la subjetiva, forman aquí una unidad”.

En definitiva, el espíritu absoluto es Dios: el espíritu que es manifestación o revelación

“Un espíritu que no es manifiesto, no es espíritu. Se dice que Dios ha creado el mundo; ello se expresa así como un hecho ocurrido una vez, que no ocurre nuevamente, como determinación tal que puede ser o no. Según esto, Dios hubiera podido manifestarse, o también no; es en cierto modo una determinación arbitraria, contingente, que no pertenece al concepto de Dios. Pero Dios en cuanto espíritu es esencialmente esto: ser para otro, manifestarse; Él no crea una vez, el mundo, sino que es el creador eterno, este manifestarse eterno. Esto es Él, este actus; esto es su concepto, su determinación.

Por ello Hegel puede decir que la religión cristiana, pues es “el espíritu para el espíritu” – religión manifiesta (offenbare), no simplemente revelada (geoffenbarte) como una verdad que le viniera de fuera al espíritu, sino la del espíritu mismo. Según lo cual Dios no es un ente trascendente, sino que su realidad la tiene en la vida del espíritu, y no sería nada sin ella.

el concepto de religion hegel


Referncias. 

CARPIO, Adolfo P. “Principios de filosofía, una introducción a su problemática”. Glauco, Buenos Aires, 2004, pag. 317-318. (22/02/18)

El arte – Hegel

El espíritu se manifiesta de manera inmediata en el arte, en lo sensible, a través de algo exterior que está en el tiempo y en el espacio. Podemos definir el arte como el aparecer  (Scheinen) sensible de la Idea. En el arte se puede “sentir” la Idea, pues aparece en la inmediatez de los sentidos (vista y oído), en un objeto sensible individual.

En la obra de arte se distinguen dos aspectos: la forma sensible y el contenido (Inhalt), el significado espiritual que en ella reencarna la Idea. El arte significa la presencia de los Absoluto en el fenómeno. A través del material sensible se revela la Idea en la obra de arte. Lo peculiar en la creación artística es el “brillar de la Idea”, peculiar encanto que la obra posee y que permite la visión de la Idea, de lo Absoluto que “resplandece” en el material sensible.

Aquellos dos factores –forma y contenido- han de darse de manera tal que lo sobresaliente no sea el material, sino el contenido que con él se quiso expresar. Pues la obra de arte, según su concepto, consiste en que el material sensible e encuentre perfectamente traspasado y transformado por la Idea, por el contenido que el artista ha querido transmitir.

“[…] en cuanto al arte tiene la tarea de exponer la Idea para la intuición inmediata  en forma sensible, y no en la manera de pensar y de la pura espiritualidad en general, y esta exposición tiene su valor y dignidad en la correspondencia y la unidad de ambos lados de la Idea y de su figura (Gestalt), así dependerá la altura y excelencia del arte en la realidad, según su concepto, del grado de intimidad y unidad en que aparecen trabajados una en otra Idea y figura.”

Hegel señala tres momentos en la historia del arte: el arte simbólico, el clásico y el romántico. El arte simbólico es la forma de arte en cual la Idea se insinúa. La Idea, que el arte simbólico busca vagamente, se encuentra a sí en el arte clásico –el arte griego-, el arte más bello. En efecto, en él se da una perfecta compenetración y equilibrio entre forma y contenido, e.i. se realiza plenamente el concepto de arte. Ahora éste no encuentra su centro y verdadero contenido en formas animales, sino en el hombre, al advertir que el cuerpo humano es “la única morada del espíritu”, “la única posible experiencia natural por la cual el espíritu  se manifiesta”. Sólo las formas de lo humano revelan sensiblemente lo espiritual.

El arte clásico, sin embargo, presenta una contracción porque la adecuación entre forma y contenido sólo puede cumplirse en la esfera de la exterioridad, en lo sensible, en tanto que el espíritu es por esencia interioridad y conformidad consigo mismo. El espíritu no consiste en undirse en lo corpóreo; debe por tanto regresar de éste a sí mismo. El carácter exterior y sensible del arte, terminan por llevar al “fastidio del pensamiento por una realidad que ya no le corresponde”. Sobreviene entonces el arte romántico. Desaparece el equilibrio entre forma y contenido, la Idea se sobrepuja, se esfuerza por una forma más alta de expresión espiritual que la del arte, se remonta más allá de  lo sensible y predomina sobre lo material: no sólo lo ha penetrado por entero, sino que va más allá, y por así decirlo, lo desmaterializa. El arte romántico es el arte más alto y significativo. Las artes particulares especialmente “románticas” son la pintura, la música y la poesía o literatura. El arte más elevado, superior y objetivamente más importante es la poesía porque es ilimitada en cuanto a su contenido. La poesía tiene su medio en la palabra, el medio de comunicación más inteligible y por lo tanto más conforme al espíritu. En tanto que las otras artes están ligadas a un material (piedra, color, etc.) la poesía deja a un lado los materiales y por ello puede expresar cualquier contenido.

“Tampoco está atada exclusivamente a ninguna forma determinada de arte, sino que llega a ser el arte universal que puede configurar y expresar cualquier contenido que en general sea capaz, de penetrar en la fantasía, porque su material propio es la fantasía misma, base universal de todas las formas particulares de arte y de artes singulares”

Dentro de la poesía Hegel distingue tres géneros particulares: la épica, que tiene carácter objetivo, describe acciones que son generalmente las de un pueblo; la lírica se ocupa de la subjetividad, de la interioridad del sujeto en cuanto sujeto; la poesía dramática reúne los dos anteriores, acción y sentimiento. Dentro de la poesía dramática estudia Hegel especialmente la tragedia, que representa el conflicto entre fuerzas éticas igualmente fundadas en un derecho.

Para Hegel la principal función del arte es metafísica, manifestar la naturaleza última de las cosas, puesto que es la expresión sensible de la Idea. No obstante, ninguna forma sensible puede expresar adecuadamente lo absoluto, la Idea, que no es nada sensible, sino pensamiento.

hegel el arte


referencias. 

CARPIO, Adolfo P. “Principios de filosofía, una introducción a su problemática”. Glauco, Buenos Aires, 2004, pag. 313-317. (18/02/18)

El espíritu absoluto

Con lo anterior (se recomienda leer las entradas anteriores) comprendemos ahora en qué consiste el desarrollo dialéctico: la totalidad misma de la realidad, el gigantesco y único organismo del universo se va autodiferenciando, hace surgir de sí y por sí diferencias, oposiciones , las cuales nunca desaparecen sino que resultan siempre integradas en momentos ulteriores que las conservan y superan.

El espíritu al volverse hacía si mismo se presenta como espíritu subjetivo (tesis) que a su vez crea un mundo humano objetivo (antítesis), pero el espíritu tiene que regresar hacia sí en un momento que supere a la vez a la subjetividad y a la objetividad, de tal manera que se da el espíritu absoluto (síntesis).

El espíritu absoluto es el espíritu consciente que se tiene por objeto a sí mismo en cuanto reconoce que todo objeto posible no es sino él mismo. Es el momento en que desaparece cualquier oposición entre subjetividad y objetividad –los cuales, puesto que se oponen, son infinitos- y el espíritu realiza su verdadera esencia, que es la infinitud. El espíritu absoluto es sujeto, pero no un sujeto que tenga un objeto diferente de sí mismo, porque si hubiera algo diferente, ese algo lo limitaría y entonces no sería infinito o absoluto. De manera que el espíritu absoluto es el momento del auto conocimiento de la totalidad, de lo Absoluto – el momento e que el espíritu reconoce que todo es en fondo sujeto, espíritu, y que lo finito y relativo sólo es el momento o aspecto parcial de lo infinito y Absoluto.

Se distinguen tres momentos en el desarrollo del espíritu absoluto: el arte, la religión y la filosofía. Los tres contienen lo mismo, lo Absoluto, pero su diferencia reside en el modo cómo el espíritu absoluto se manifiesta: en la intuición sensible, en la representación y en el pensamiento.

En cuanto al espíritu absoluto se lo identifica con Dios, el momento religioso ostenta cierto predominio, lo cual resalta el enfoque que hace Hegel del arte; pero como el espíritu absoluto sólo alcanza su perfección sabiéndose, i.e. pensándose –no representándose- en la filosofía, ésta ocupa el momento culminante y definitivo de todo desarrollo.

epíritu absoluto


 

referencias

CARPIO, Adolfo P. “Principios de filosofía, una introducción a su problemática”. Glauco, Buenos Aires, 2004. (15/02/18)

“La filosofía de la Historia” de Hegel.

 

Pasamos ahora a la filosofía de la historia de Hegel, que es la historia universal. La filosofía de la historia no trata de los relatos de lo que los hombres han hecho a lo largo del tiempo, sino de su interpretación.

La historia universal es el desarrollo en el tiempo del concepto del Estado, desde sus formas más primitivas o elementales, hasta las más articuladas y perfeccionadas (Carpio, 2004).

Cada estado y cada pueblo tienen sus caracteres peculiares, cada uno expresa un momento en el desarrollo de la Idea,“puesto que este desarrollo tiene lugar en el tiempo y en la existencia,, y por ello en tanto historia, sus momentos y grados singulares son los espíritus de los pueblos; cada uno [.] está destinado a llenar sólo un grado y cumplir sólo una tarea de la acción total.”

El espíritu desplegado en la historia es lo que Hegel llama “espíritu del mundo” (Weltgeist) el cual es algo así como la Providencia divina en cuanto dirige la historia. En cada momento de la historia hay un pueblo que, por ser dominante, expresa de manera adecuada al espíritu del mundo de tal manera que el “espíritu de la época” (Zeitgeist) coincide con el “espíritu del pueblo” (Volksgeist).

La historia universal es el proceso del desarrollo de la Idea en el tiempo –de las grandes formas del Estado- en una marcha de creciente libertad.

Para Hegel la historia es una marcha progresiva y rigurosamente racional puesto que su curso está dominado y dirigido por la razón, por la Idea. Desde este punto de vista lo que en la historia cuenta son los individuos en su aspecto racional o universal, y no en su individualidad, porque ésta no es más que el instrumento de la Idea.

historia hegel


Referencias.

CARPIO, Adolfo P. “Principios de filosofía, una introducción a su problemática”. Glauco, Buenos Aires, 2004, pag. 311-312. (13/02/18)

El espíritu subjetivo y el espíritu objetivo

Habiendo llegado a la filosofía del espíritu, toca turno de hacer un análisis a dos de las tres grandes divisiones en la marcha del espíritu -recordando que en parte es una marcha histórica que sigue un ritmo dialéctico fijado por la Idea-: el espíritu subjetivo y el espíritu objetivo.

Sobre el espíritu subjetivo.

El conjunto de las funciones anímicas o psíquicas del hombre individualmente considerado es denominado espíritu subjetivo por Hegel. En el momento subjetivo el espíritu aparece  en el “interior”, de manera individual, de forma que el espíritu no es aún para sí, sino solamente para el individuo. El espíritu subjetivo abarca todo un proceso que, partiendo de su dependencia respecto a la naturaleza, se esfuerza por llegar a la conciencia de la libertad, desde las manifestaciones más rudimentarias de la vida psíquica, hasta el momento en que el hombre se sabe capaz de autodeterminación (Carpio, 2004).

Subdividimos la doctrina del espíritu en tres partes: la antropología, la fenomenología y el espíritu libre. La antropología se ocupa de estudiar el alma como unidad ideal de cuerpo viviente, hasta la conciencia; trata temas como el temperamento, la sensación, el hábito, etc. El objeto de la fenomenología es la conciencia por medio de tres momentos: conciencia (conciencia sensible, percepción sensible, entendimiento), autoconciencia y razón. Con la fenomenología la conciencia se convierte propiamente en espíritu; aquí se considera el espíritu teorético o cognoscente (cuyos momentos son intuición, representación y pensar), el espíritu práctico, la voluntad (sentimiento práctico, impulsos y arbitrio, felicidad). Por último el espíritu libre, la voluntad que se determina a sí misma. Pero esta libertad es todavía algo interior, es la libertad del individuo dentro de sí mismo, en su interioridad, libertad encerrada en el individuo. Esta libertad interior es abstracta, no es verdadera libertad; para ser verdadera libertad tiene que objetivarse, realizarse, manifestarse en el mundo exterior, a saber, “salir fuera” del individuo.

Sobre el espíritu objetivo.

Para que la voluntad libre no quede en un plano meramente abstracto debe entonces corporizarse y el material directo del que dispone para tal fin es la sensación, es decir, los objetos o cosas “exteriores” a nosotros. Como ya hemos dicho, la voluntad libre, para ser verdaderamente libre tiene que exteriorizarse, no puede quedarse encerrada en sí misma sino que debe darse ella misma una esfera exterior de su libertad. Esta esfera es la propiedad, la cual expresa el momento en que la voluntad libre (la persona, el individuo autoconsciente) se afirma a sí misma y muestra su capacidad de apropiarse de las cosas, v.gr. un terreno: de tal forma, lo que era simple naturaleza, un simple espacio de tierra, al incorporarse al espíritu se convierte en propiedad (Carpio,2004). De esta manera es como el espíritu subjetivo pasa a ser espíritu objetivo.

El espíritu objetivo designa, según Hegel, las manifestaciones sociales, todas las instituciones humanas, las leyes, las costumbres, los diferentes vínculos entre personas, la moral, la historia, etc. El espíritu objetivo se va a dividir en tres partes: el derecho, la moralidad y la eticidad.

El derecho o derecho abstracto (das abstrakte Recht) considera las formas puramente exteriores de la convivencia, las relaciones jurídicas en tanto se limitan a los derecho y deberes de las personas consideradas sólo como personas, no todavía como ciudadanos. Es subdividida en propiedad, contrato e injusticia (Unrecht).

La moralidad (Moralität) se ocupa de la vida moral individual, en su aspecto interior, como conciencia moral. La voluntad, que en el derecho tenía por objeto una cosa exterior, aquí se convierte en objeto para sí misma.

La eticidad (Sittlichkeit), se ocupa de las instituciones sociales y de las normas incorporadas a ésta. Resuelve el conflicto entre la exterioridad del derecho y la interioridad de la ley moral, ambos momentos abstractos. Entre la voluntad individual y la universal existe una tensión que a l individuo se le presenta como un deber ser. La esfera de la eticidad se divide en tres partes: la familia, sociedad civil y Estado.

Con la familia comienza a resolverse el conflicto entre la voluntad individual (mis intereses particulares) y la ley moral. El desarrollo dialéctico pasa por el matrimonio, el patrimonio familiar y la disolución de la familia, con lo cual se refiere Hegel al proceso por el cual los hijos se separan de la familia en la que han nacido para formar otras familias. Al disolverse la familia, sus integrantes, los individuos, pasan a ser personas independientes, cada una de las cuales busca sólo su propio beneficio. Esto es lo que Hegel denomina sociedad civil (bürgerliche Gesellschaft), es decir, sociedad individualista, como conjunto de “átomos”, los individuos, que solo se preocupan por sus necesidades particulares. Se trata de un “sistema de necesidades”, porque las necesidades de los individuos están estrechamente relacionadas entre sí y se complementan mutuamente (los zapatos que uno produce, los necesita otros, que a su vez producen lo que el zapatero necesita). En la medida en que el individuo satisface sus necesidades, contribuye a satisfacer las de otros. Por su parte el Estado es la totalidad diferenciada, la armonía entre la ley y los intereses particulares.

La racionalidad, considerada abstractamente y en general, consiste en la completa unidad de la universalidad y la singularidad, y aquí [en el caso del Estado], concretamente, [consiste], según el contenido, en la unidad de la libertad objetiva, es decir, la voluntad substancial universal, y de la libertad subjetiva como saber individual y voluntad que busca sus fines particulares –y por tanto –según la forma, [consiste] en una acción que se determina a sí misma según leyes y principios pensados, es decir, universales (Philosophie des Rechts, trad., pag. 284).

El Estado constituye, de esta manera, una instancia superior a la familia y al individuo. Sin embargo, no hay que confundir a Hegel como un filósofo totalitario, es decir, que sostenga la completa subordinación del individuo ante el Estado. Por el contrario, “el verdadero Estado es el que armoniza lo universal con lo particular. Pues en la medida en que el individuo obedece al Estado, obedece a la ley, a lo universal, a la razón; y la razón no es nada distinto al individuo, sino lo que el individuo es en su fondo, lo que es en verdad; de manera que al integrarse en el Estado, el individuo reconoce en éste su propia razón objetivada. En el Estado el individuo no pierde su libertad, sino que, al revés, el Estado es la realización de la libertad y en él el individuo resulta determinado, no por algo ajeno a sí, sino por la racionalidad, que constituye su verdadero ser” (Carpio, 2004).

Distinguimos tres momentos dentro del estudio del Estado: constitución, derecho internacional e historia universal. Dentro de la constitución hay tres momentos: el monarca, el ejecutivo y el poder legislativo. El derecho internacional se ocupa de las relaciones entre unos Estados y otros, es decir, del aspecto externo de la soberanía, donde el derecho fundamental es que a cada Estado se le reconozca como independiente. Las relaciones entre Estados se basan en costumbres o tratados; sin embargo, las diferencias entre unos Estados y otros, en última instancia, sólo pueden resolverse, en casos extremos, con la guerra. A diferencia de Kant, Hegel niega la posibilidad de una paz perpetua y de un Estado mundial o autoridad internacional.

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Notas y referencias.

CARPIO, Adolfo P. “Principios de filosofía, una introducción a su problemática”. Glauco, Buenos Aires, 2004, pag. 300-302. (12/02/18)

 

Hegel: La filosofía de la naturaleza y la filosofía del espíritu.

La filosofía de la naturaleza.

La Idea en tanto Idea, no es más que “idealidad”, no es nada real sino algo abstracto que aún no alcanza  su existencia o realidad. La Idea no tiene realidad más que en el pensamiento de los hombres que la piensan. Así la Idea es algo abstracto, es el ser-en-sí, un reino de leyes, un mundo de formas sin entidad, […] y justamente por ello no es por sí ni puede serlo, sino sólo en identidad con la realidad del mundo”. La Idea también es de índole dialéctica, es la totalidad del pensamiento desplegado en toda su riqueza; y en tanto se trata de una totalidad dialéctica, requiere a su vez su total negación, de manera que por sí misma es insuficiente y exige su opuesto. En tanto la Idea a de conocerse a sí misma, también tendrá que ser objeto para sí misma, tendrá que objetivarse. Y como fuera de la Idea no hay nada, tiene que ser esta misma la que “produzca” la realidad, poniendo ante todo la naturaleza.

La Idea se nos presenta como un en-sí (potencialidad), es decir, como lo en-sí en general y absolutamente, como realidad, es decir, como afirmación o tesis universal que requiere su negación o antítesis.  La negatividad dialéctica de la Idea como en-sí genera directamente su antítesis como su ser-fuera-de-sí (Aussersichsein), como el pensamiento que se ha alineado a sí mismo. Para que la Idea tome realidad tiene que aparecer, y esto no lo puede hacer sino mediante lo otro, aquello que no es la Idea, a saber, en la naturaleza. Resulta entonces que la naturaleza no es sino la Idea que se ha puesto fuera-de-sí, “la Idea en la forma del ser-otro (Anderssein)” “la contradicción de la Idea”.

La naturaleza en su raíz es pensamiento, Idea, pero no lo “sabe”, su esencia le es ignorada, por así decirlo, a las piedras, plantas y animales, y sin embargo todos están sometidos a leyes, por tanto a algo que no es naturaleza, sino razón, pensamiento.

Lo característico de la naturaleza reside en el ser-fuera-de-sí, en la “exterioridad”. Aquel “fuera” indica que en la naturaleza cada cosa es exterior a otra, que este campo es el dominio del espacio, donde las manifestaciones tienen forma por su recíproco ser mutuamente externo, donde las cosas son exteriores las unas a las otras.

La naturaleza posee una serie dialéctica. La naturaleza recorre diversos momentos que se agrupan en tres grandes secciones: la mecánica, la física (físico-química) y la orgánica. La primera corresponde a las categorías de cantidad donde se estudia el espacio y su negación, que es el tiempo y el movimiento como síntesis de ambos; la física corresponde a las categorías de cualidad donde se estudian los elementos, la cohesión, el sonido, la luz, el calor, el quimismo, etc.; y por último la orgánica que se ocupa de los seres vivos.

Es recomendable comprender estos momentos como peldaños o grados, cada uno de los cuales suponen los anteriores. Citando a Hegel:

“La naturaleza ciertamente ha de considerarse como un sistema de grados, cada uno de los cuales proviene necesariamente de los anteriores (los géneros superiores de los inferiores), pero no como si uno fuese producido naturalmente de los otros, sino en la idea interior que constituye el fundamento de la naturaleza. La metamorfosis corresponde sólo al concepto como tal, pues la modificación de este solamente es desarrollo”

 

La filosofía del Espíritu

La Idea constituye el fondo y fuerza operante de la naturaleza porque la realidad tiene que responder a la organización dialéctica de la Idea. La Idea constituye el principio que le da unidad y estructura, realidad y movimiento.

Ya hemos mencionado que la realidad es en su manifestación más plena, espíritu, y que el espíritu es reflexión, retorno sobre sí mismo, conciencia. De manera que la Idea representa el en-sí y la naturaleza el fuera-de-sí, es decir, tesis y antítesis, se requiere ahora de una síntesis que será el retorno de la Idea sobre sí misma. De esta manera la Idea que se ha alineado con la naturaleza, tiene que iniciar su retorno hacia sí misma, hacia su interioridad misma. Y este retorno, que tiene lugar en el hombre, es lo que se denomina espíritu: el proceso de la Idea que se va encontrando a sí misma, la recuperación de la Idea.

El espíritu es “la Idea en acto (wirklichen) que se sabe a sí misma, […] el espíritu viviente que de modo necesario se diferencia a sí mismo y que retorna a la unidad consigo mismo a partir de sus diferenciaciones”. El espíritu no es “cosa, substancia, sino actividad, proceso, mejor dicho, “movimiento”, devenir. No es nada hecho ni nada uniforme sino que el espíritu es un proceso eterno de diferenciación, de auto-diferenciación.

Lo característico del espíritu se encuentra en la interioridad y en la libertad. “Todas las actividades del espíritu –dice Hegel- no son sino diferentes modos de reducción de lo externo a la interioridad que el espíritu mismo es, y sólo merced a esta reducción, merced a esta idealización o asimilación de los exterior, se transforma en espíritu y es espíritu”. En cuanto a la libertad el espíritu es libre porque no depende más que de sí mismo, porque únicamente depende de sí mismo y es independiente de todo lo otro.

Con el espíritu se llega entonces a la suprema forma de la realidad, de lo absoluto mismo en toda su plenitud: “Lo Absoluto es el espíritu: ésta es la suprema definición de lo absoluto”. Desde este punto de vista el espíritu puede identificarse con Dios y así resulta que la filosofía y la religión “tienen por objeto suyo la Verdad, y por cierto que en sentido supremo –en cuanto que Dios es la verdad y Él sólo es la verdad”.

Hemos dicho que el espíritu es interioridad y libertad, retorno sobre sí mismo y autosuficiencia pero esto lo es sólo según su concepto, es decir, en-sí , potencialmente –pero no lo es inmediato para sí , vale decir, en acto. Para llegar a ser (en acto) lo que es (en potencia), el espíritu tiene que hacerse así mismo. De manera que si el espíritu es Dios éste se tratara de un Dios in fieri, es decir, un Dios que tiene que hacerse así mismo lo que es –tal como una semilla tiene que hacerse árbol para alcanzar su propio desarrollo- por medio de la naturaleza, a través de los hombres, de la historia de los pueblos, de las distintas manifestaciones del arte, a través de las religiones, y, por último, de la historia de la filosofía.

Resulta pues que, a lo largo de su marcha, el espíritu tiene que recorrer diversas etapas, dependiendo el ritmo dialéctico puesto por la Idea. Estas etapas tienen tres grandes divisiones: el espíritu subjetivo, el espíritu objetivo y el espíritu absoluto.

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¡Interesante!

La realidad como totalidad orgánica.

Georg Wilhem Friedrich Hegel: Breve introducción.

El espíritu


Referencias.

CARPIO, Adolfo P. “Principios de filosofía, una introducción a su problemática”. Glauco, Buenos Aires, 2004, pag. 300-302. (12/01/18)