Impresiones e ideas.

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Hume, como buen empirista, sostiene que todo conocimiento procede en última instancia de la experiencia; sea de la experiencia externa, es decir, la que proviene de los sentido; sea la experiencia íntima, la autoexperiencia.

El estudio que Hume se propone a emprender consistirá en el análisis de los hechos de la propia experiencia, de los que hoy se denominan hechos psíquicos y que Hume llama percepciones del espíritu (donde “percepción” es sinónimo de cualquier estado de conciencia). A las percepciones que se reciben de modo directo las llama Hume impresiones, y las dividen en impresiones de la sensación, es decir, las que provienen de los sentidos (están referidas al “mundo exterior”), e impresiones de la reflexión, vale decir, las de nuestra propia interioridad.

Ejemplo de impresión de sensación: un color, un sabor determinado. Ejemplo de la impresión de reflexión: el estado de tristeza.

Estas impresiones o representaciones originarias, se diferencian de las percepciones derivadas, que Hume llama ideas, como los fenómenos de la memoria o de la fantasía. En su investigación sobre el entendimiento humano escribe:

Todo el mundo admitirá fácilmente que hay una considerable diferencia entre las percepciones del espíritu cuando una persona siente el dolor del calor excesivo, o el placer de la tibieza moderada, y cuando después recuerda en su memoria esa sensación o la anticipa imaginándola.

El recuerdo no es un estado originario, sino derivado de una impresión. Y lo mismo ocurre con la fantasía, cuando se imagina, por ejemplo, un viaje que pensamos realizar próximamente. Y agrega Hume:

Podemos observar una distinción similar en todas las otras percepciones del espíritu. Un hombre en un acceso de cólera es impulsado de modo muy diferente de otro hombre que sólo piensa en esa emoción.

No es lo mismo, en efecto, estar encolerizado que recordar la cólera del  día anterior, o imaginar como me puedo encolerizar por algún hecho futuro. Hay entonces una diferencia fundamental entre “impresiones” e “ideas”. Y esta diferencia, según Hume, es una diferencia de intensidad o vivacidad:

Con el término impresión significo, pues, todas nuestras percepciones más vivaces cuando oímos o vemos o palpamos o amamos u odiamos o deseamos o queremos. Y las impresiones se distinguen de las ideas -que son las percepciones menos vivaces de que somos conscientes cuando reflexionamos sobre cualquiera de esas sensaciones o movimientos antes mencionados.

Tanto las ideas cuanto las impresiones pueden ser a su vez complejas o simples, según que se les pueda descomponer o no:

Aunque un color particular, o un sabor u olor son cualidades que están todas reunidas en una manzana, es fácil darse cuenta de que no son lo mismo, sino que al menos son distinguibles unas de otras.

Todos nuestros conocimientos derivan directa o indirectamente de las impresiones. Incluso las idas o nociones más complejas, aquellas que -por lo menos ante un primer examen- parecen más alejadas de la sensibilidad, en definitiva, si observamos y nos fijamos bien, provienen también ellas de impresiones. Por ejemplo, me puedo hacer la idea de una montaña de oro, dice Hume, y podría creer que se trata de un hecho originario de mi mente; pero no es difícil darse cuenta de que no se trata de una percepción originaria, sino que es simplemente el resultado de una combinación operada por mi espíritu, que ha unido la idea de oro, de un lado, con la de montaña, por el otro, ideas que yo poseía antes y que derivan de impresiones.

Según esto, el espíritu humano no tiene otra posibilidad como no sea la de mezclar o componer, dividir o unir los materiales que las impresiones suministran. Y en esta actividad el espíritu no responde a otra legalidad que a la de las leyes de asociación de las ideas. Según Hume son tres: asociación por semejanza, asociación por contigüidad en el tiempo y en el espacio, y asociación por causa y efecto:

Creo que nadie dudará de que estos principios sirven para conectar ideas. Un cuadro conduce nuestros pensamientos hacia el origen [semejanza]; cuando se menciona un departamento de un edificio naturalmente se sugiere una conversación  o una pregunta acerca de los otros [contigüidad]; y si pensamos en una herida apenas podemos evitar que nuestra reflexión se refiera al dolor consiguiente [causa y efecto].

Se da así un notable paralelismo con el esquema básico de la ciencia física moderna. Para ésta, en efecto, a) el mundo material se reduce a unidades últimas, ya indescomponibles, los átomos, cuyo movimiento, combinaciones y separaciones producen la totalidad de los procesos que constituyen el mundo físico; y b) toda la multiplicidad de los cambios que allí ocurren está regida por una sola ley, la ley de gravedad, descubierta por Newton.

Pues bien, Hume traslada aquel esquema al campo del hombre, a su vida espiritual; el subtitulo de su obra mayor, el Tratado de la naturaleza humana, es: “un intento para introducir el método experimental de razonar” -es decir, el método de observación y descripción empírica- “en los temas morales”- esto es, en las cuestiones relativas al espíritu del hombre.

Notas y referencias.

Treatise of human nature (Hume)

Principios de filosofía (Adolfo P. Carpio)

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El criterio de verdad y reglas del método.

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Una afirmación es correcta cuando lo que ella afirma coincide con el objeto a que se refiere; si digo “la puerta esta abierta”, y efectivamente hay una puerta y está abierta, lo afirmado será verdadero. El “criterio” de verdad es la nota, rasgo o carácter mediante el cual se reconoce que una afirmación es verdadera, o que nos permite distinguir un conocimiento verdadero de uno falso.

Ahora bien, como con el cogito hemos hallado un conocimiento indudablemente verdadero, Descartes nos dice que también en él se hallará el criterio de verdad, la característica merced a la cual se lo reconoce como verdadero sin ninguna duda

Después de esto, consideré, en general, lo que se requiere en una proposición para que sea verdadera y cierta; pues ya que acaba de hallar una que sabía que lo era, pensé que debía saber también en qué consiste esta certeza. Y habiendo notado que en la proposición: “Yo pienso, luego soy”, no hay nada que me asegure que digo la verdad, sino que veo muy claramente que para pensar es preciso ser, juzgué que podía admitir esta regla general: que las cosas que concebimos muy clara y distintamente son todas verdaderas.

Una proposición (afirmación o negación), entonces, sabemos que es verdadera cuando sea clara y distinta o, en una palabra, evidente. Para comprender mejor lo que acabamos de decir, es preciso referirnos a las reglas o preceptos del método.

Las reglas del método.

Los procedimientos metódicos que sigue Descartes se encuentran resumidos en el Discurso del método, y son estudiados con mayor precisión en las Reglas para la dirección del espíritu.

La Regla IV de esta última obra explica lo que Descartes entiende por método:

Por método entiendo [un conjunto de] reglas ciertas y fáciles, observando exactamente las cuales nadie tomará jamás lo falso por lo verdadero y llegará, sin fatigarse con inútiles esfuerzos del espíritu, sino aumentando progresivamente su saber, al conocimiento verdadero de todo aquello de que sea capaz.

En la segunda parte del Discurso enuncia Descartes cuatro reglas o preceptos que resumen todo su pensamiento metodológico. El primero, el de la evidencia, exige:

no admitir como verdadera cosa alguna, como no supiese con evidencia que lo es; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención, y no comprender en mis juicios nada más que lo que se presenta tan clara y distintamente a mi espíritu, que no hubiese ninguna ocasión de ponerlo en duda.

Según esto, se debe admitir como verdadero un conocimiento sólo en caso de que sea evidente, es decir, cuando no se pueda dudar de él. La evidencia tiene dos caracteres: la claridad y la distinción. Un conocimiento es claro cuando “está presente y manifiesto a un espíritu atento”. Si ademas en este conocimiento de algo no hay nada que no le pertenezca a ese algo, el conocimiento será distinto.

Además, el precepto ordena guardarnos de dos fuertes propensiones de nuestro espíritu: la precipitación y la prevención. La precipitación consiste en afirmar o negar algo antes de haber llegado a la evidencia. La prevención equivale a los prejuicios, y, en general, a todos los conocimientos, falsos o verdaderos, que nos han llegado por tradición, educación, factores sociales, etc., y no por evidencia. Pero nada que no hayamos examinado con nuestra razón puede ser valido, sino sólo aquello que hayamos conquistado mediante nuestro propio esfuerzo y según los principios del método.

Pero si la evidencia es rasgo o criterio de la verdad, no sabemos aún como hacer para encontrar conocimientos evidentes; ello lo va enseñar la segunda regla. Ésta ordena:

dividir cada una de las dificultades que examinare, en cuantas partes fuere posible y en cuantas requiriese su mejor solución.

La regla del análisis, pues, nos dice que, cuando nos ocupamos de cualquier problema o dificultad, se lo debe dividir, analizar, y seguir con la división hasta el momento en que se llegue, justamente, a algo evidente; de modo que la división es a la vez el procedimiento para alcanzar la evidencia. Pero si nos quedamos aquí, en el puro momento analítico, divisorio, no se alcanzaría un autentico conocimiento, por lo menos en la mayoría de los caso, porque no tendríamos ante nosotros sino una serie de miembros aislados, inconexos (disiecta membra); esto es lo que prescribe la regla de la síntesis (al que Descartes llama también “deducción”), o del orden:

conducir ordenadamente mis pensamientos, empezando por los objetos más simples y más fáciles de conocer, para ir ascendiendo poco a poco, gradualmente, hasta el conocimiento de los demás compuestos, e incluso suponiendo un orden entre los que no se preceden naturalmente.

Esto significa que en todo conocimiento se debe partir siempre de lo más sencillo, y de allí proceder hasta lo más complicado, siempre según un orden. Descartes dice además que ha y que hay que suponer “un orden entre [los conocimientos] que no se preceden naturalmente”.

por fin, el cuarto precepto establece: hacer en todo unos recuentos tan integrales y unas revisiones tan generales, que llegase a estar seguro de no omitir nada.

Este precepto que puede llamarse Regla de la enumeración, exige examinar con cuidado la cuestión estudiada para ver si no hay algún tema o aspecto que se haya pasado por alto, sea en el momento analítico (segunda regla) o en el sintético (tercera regla). La regla de la enumeración entonces exige que se haga todas las revisiones necesarias hasta llegar a la certeza de que no se ha omitido ningún miembro del razonamiento.

Notas y referencias.

Discurso del método (Descartes)

Reglas para la dirección del espíritu (Descartes)

Principios de filosofía (Adolfo P. Carpio)

La duda metódica.

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La actitud crítica frente al pasado no significa que Descartes haga tabla rasa de él y se dedique tan sólo al uso de sus facultades de conocimiento, que olvide toda filosofía anterior y se ponga a filosofar por cuenta propia. Por el contrario, ese pasado encierra al menos una enseñanza, implícita en sus fracasos: la de que debemos cuidarnos de no caer en el error, la de que debemos también ser críticos respecto a nosotros mismos, y no sólo del pasado. De este modo el radicalismo cartesiano se manifiesta ante todo -por lo que ahora interesa- como preocupación por evitar el error. Mas ello no le lleva a la construcción de una mera teoría del error, sino algo mucho más fundamental, mucho más hondo: a la duda metódica.

La duda metódica no significa dudar simplemente. Tampoco significa la destructiva y estéril duda del escéptico sistemático. Por el contrario, para Descartes se trata de hacer de la duda un método, convertir la duda en el método.

Descartes no se conforma con conocimientos más o menos probables, ni aun con los que “parezcan” ciertos. En efecto, para evitar los errores, o, en términos aun más generales, el radicalismo quiere alcanzar un saber absolutamente cierto, cuya verdad sea tan firme que esté más allá de toda posible duda. Descartes quiere estas absolutamente seguro de la verdad de sus conocimientos, y en plan de búsqueda radical, no puede aceptar lo dudoso.; ni siquiera puede admitir lo dubitable, sino que solo dará por valido lo absolutamente cierto.

Las Meditaciones Metafísicas se inician con estas palabras:

Hace mucho tiempo que me he dado cuenta de que, desde mi niñez, he admitido como verdaderas una porción de opiniones falsas, y que de todo lo que despues e edificado sobre tan endebles principios no puede ser sino muy dudoso e incierto; desde entonces he juzgado que era preciso seriamente acometer, una vez en mi vida, la empresa de deshacerme de todas las opiniones a que había dado crédito, y empezar de nuevo, desde los fundamentos, si quería establecer algo firme y constante en las cosas.

El método cartesiano consiste entonces en emplear la duda para ver si hay algo capaz de resistirla -aun a la duda más exagerada- y que sea, entonces, absolutamente cierto. La duda, es pues, metódica, es decir, que se le emplea como instrumento o camino para llegar a la verdad, y no para quedarse en ella, a la manera de los escépticos. Es, en segundo lugar, universal, porque habría que aplicarse a todo sin excepción, porque nada deberá excluirse de ella, hasta no llegar al caso justamente de que resulte imposible la duda. Y en tercer lugar la duda es, por lo mismo, hiperbólica, si así se puede decir, porque será llevada hasta su último extremo, hasta su última exageración, forzada al máximo posible.

El carácter metódico de la duda lo expresa Descartes así:

estamos apartados del conocimiento de la verdad por numerosos prejuicios de los que creemos no podemos librarnos de otro modo que empeñándonos, una vez en la vida, en dudar de todas aquellas cosas en las que hallamos una sospecha, aun mínima, de incertidumbre.

Mas todavía, inclusive las que son meramente dudosas deben tenerse por falsas.

también será útil tener por falsas aquellas de que dudaremos, a fin de hallar tanto más claramente que sea lo más cierto y fácil de conocerse.

Es decir que deben darse por erroneas aun aquellas cosas en que pueda suponerse la más mínima posibilidad de duda por que de tal modo procederemos, según nuestro plan, de la manera más radical, apartando vigorosamente el espíritu de todo lo que puede engañarlo, para no aceptar más que absolutamente indubitable.

en cuanto a la universalidad de la duda, ello no significa que a mis opiniones vaya examinándolas una por una, pues fuera un trabajo infinito; y puesto que la ruina de los cimientos arrastra necesariamente consigo la del edificio todo, bastara que dirija primero mis ataques contra los principios sobre que descansaban todas mis opiniones antiguas.

El número de opiniones o conocimientos es prácticamente infinito, y naturalmente no se terminaría nunca si se quisiera examinarlos uno por uno. Pero se logrará igualmente el propósito de introducir la duda en ellos si se la dirige, no a los conocimientos mismos en particular, sino a los principios o fundamentos sobre que esos conocimientos se apoyan, lo que es lo mismo, a las facultades de conocimiento gracias a las cuales se los ha adquirido. Según Descartes, entonces, debe retrocederse el saber a sus fundamentos. Y puesto que las facultades de conocimiento no son sino los sentidos y la razón, la marcha del proceso de la duda queda trazada: se deberá hacer primero la crítica del saber sensible, y luego la del saber racional.

Ver también:

La filosofía de la desconfianza.

El problema del método medieval.

Introducción al Racionalismo: la nueva época y la crítica medieval.

Notas y referencias.

Meditaciones Metafísicas (Descartes)

El sistema de Descartes (O. Hamelin)

La filosofía de la desconfianza.

Descartes

Renato Descartes fue notable no sólo como filósofo, sino también como hombre de ciencia. Como filósofo , interesa ante todo el “radicalismo” que singulariza su pensamiento.

La filosofía cartesiana se ofrece ante todo como el más tenaz y sostenido esfuerzo, en cualquier dominio de que se trate, por alcanzar el último fondo, los principios postreros de las cosas. En efecto, Descartes vive, con una intensidad desconocida antes de él, aun en pleno Renacimiento, el hecho de la pluralidad y diversidad de los sistemas filosóficos, el hecho de que los filósofos no se han puesto jamás de acuerdo, la circunstancia de que la filosofía, a pesar de haberse empeñado en ella los más grandes espíritus de la humanidad, no ha conseguido solucionar ninguno de sus problemas.

ha sido cultivada por los mas excelentes ingenios que han vivido desde hace siglos, y, sin embargo, no hay nada en ella que no sea objeto de disputa y, por consiguiente, dudoso. (Discurso del método)

Y esto es lo que Descartes no puede soportar: lo dudoso, lo simplemente verosímil. El conocimiento, o ha de ser absolutamente seguro, o ha de ser abandonado como teóricamente insuficiente.

Descartes vive, con una lucidez y hondura que nadie había alcanzado antes de él, el “fracaso” de más de veinte siglos de esfuerzos filosóficos; y se propone con decisión e intrepidez  también incomparables, dar término definitivamente, de una vez por todas, a tal estado de cosas y fundar el saber sobre bases cuya firmeza esté más allá de toda sospecha. Desde este punto de vista, en un primer momento, su pensamiento puede caracterizarse como filosofía de la desconfianza, dada la posición que asume frente a  todo aquel esfuerzo secular de la filosofía que parece no haber conducido a nada, y por las preocupaciones que tomara para evitar la repetición de tales “fracasos”. Porque hasta ahora la filosofía no ha hecho más que fracasar -dice el pensador francés-, por tanto es forzoso no renovar a los pensadores antiguos, sobre la verdad de cuyos escritos hay tantas dudas como sobre la de los escolásticos, sino empezar totalmente de nuevo, como si antes nadie hubiese hecho filosofía. En este sentido puede apreciarse a Descartes como un nuevo hombre  -el primer hombre moderno diría Ortega-, el hombre que aparece inmediatamente después de los antiguos””. Y con el nuevo hombre que se dispone a filosofar, tiene que comenzar a filosofar, vale decir, iniciar radicalmente el filosofar como si antes de él nadie hubiera filosofado.

Es esta actitud la que confiere al pensamiento cartesiano su extrema grandeza. Hegel dijo que Descartes fue un héroe porque tomo las cosas por el comienzo.

Notas y referencias.

Discurso del método (Descartes)

Principios de Filosofía (Adolfo P. Carpio)

El problema del método medieval.

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La crítica al saber medieval  por parte del Renacimiento y el Siglo XVII se centra en lo que concierne fundamentalmente al problema del método de la filosofía y la ciencia. Por ello es preciso formular dos preguntas: primero, cuáles son las fallas del método criticado, y segundo, qué ofrece la Edad Moderna en su remplazo.

Puede decirse que el modo de proceder escolástico se caracteriza por el criterio de autoridad, el verbalismo y la silogística.

a) El pensamiento medieval reconocía como verdadero y decisivo el llamado criterio de autoridad, es decir, se admitía que lo dicho por las autoridades era verdad sólo por el hecho de que tales autoridades lo afirmasen.

b) Calificar de verbalista al método escolástico, quiere decir que frecuentemente se enredaba en meras discusiones de palabras, en ves de ir a las cosas mismas, o que con solo vocablos o distinciones verbales pretendía resolver problemas que, o eran falsos problemas carentes de importancia, o en realidad sólo pueden solucionarse mediante la observación o cualquier otro procedimiento objetivo.

c) La ciencia ya la filosofía escolástica se valieron en gran medida del silogismo. Es este un razonamiento deductivo constituido por tres proposiciones o juicios (es decir, afirmaciones o negaciones) tales que, dados los dos primeros -llamados premisas-, el tercero -llamado conclusión- resulta necesariamente de aquellos dos. Pues buen, lo que se objeta al silogismo es que con él en realidad no se amplia el saber de manera ninguna, porque lo que dice la conclusión ya está dicho y sabido, aunque sea de manera implícita, en el punto de partida; de modo que la conclusión no hace más que explicitar o aclarar lo que decía la premisa mayor.

El silogismo, pues, no permite determinar la verdad de los conocimientos; puede tener valor como método de exposición, es decir, para presentar ordenadamente verdades ya sabidas. No es un método para el descubrimiento de nuevas verdades, no es ars inveniendi (arte de descubrimiento), como entonces se decía.

La nueva época pretende acabar con las discusiones meramente verbales y proporcionar un método que permita ir a las cosas mismas, y de modo tal que cada individuo pueda lograr el conocimiento, por su propia cuenta y sin recurrir a ninguna autoridad, como no sea la que brota de la razón huma misma.

Sobre el fondo de esta época y de estas críticas es preciso situar a Descartes, el cual veremos en el siguiente post.

Notas y referencias.

El problema del conocimiento (E. Cassirer)

Principios de Filosofía (Adolfo P. Carpio)

Introducción al Racionalismo: la nueva época y la crítica medieval.

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Consideramos al Renacimiento como el primer período de los tiempos modernos –grosso modo, los siglos XV y XVI- y se caracteriza por ser una época de crítica al su pasado inmediato, la Edad Media. El Renacimiento indica el momento en que el hombre occidental se ha desembarazado de la confianza en las creencias fundamentales sobre las que se regia el mundo medieval. Es suficiente señalar que lo característico de la concepción medieval del mundo residía en su constante referencia al más allá, en su interés dominante por la salvación del hombre, lo cual llevaba consigo un cierto desprecio u olvido por hacia el mundo terreno; se trata, diríamos, de una concepción religiosa del mundo y de la vida centrada hacia la divinidad (teocentrismo).

Ya habíamos señalado que la obra más relevante e intelectualmente más perfecta de la Edad Media fue la Suma teológica, pues toda ella gira en torno a Dios. El Renacimiento en cambio, vuelve su mirada hacia este mundo, hacia la naturaleza (naturalismo). Por oposición al carácter religioso de la época anterior, la del Renacimiento es una concepción del mundo esencialmente profana.

Si bien el plano artístico y literario, y, en general, en el terreno de la vida inmediata, el hombre renacentista pisa suelo nuevo y desenvuelve con decisión nuevas formas de existencia (política, económica, social, moral), no ocurre lo mismo desde el punto filosófico y científico.

Es verdad que el Renacimiento es la época de Copernico, y que la ciencia realiza notables avances; pero la verdad es que ciencia y filosofía sólo cobran autentico vigor y originalidad al fundarse sobre bases esencialmente nuevas, con el siglo XVII, que representa la madurez de la edad moderna: el siglo de Descartes y Bacon, de Spinoza y Hobbes, de Galileo, Kepler y Leibniz. El Renacimiento es casi estéril desde el punto de vista filosófico; el mismo carácter arrebatado, febril, agitado de la vida renacentista lo explica; es una época de crisis, no sólo de crítica al pasado inmediato.

Las viejas creencias están muertas y urge remplazarlas. Quizá exagerando podría decirse que, sobre todo en lo que se refiere a la actividad filosófica, el Renacimiento en buena medida es época de fracasos. La época tiene clara conciencia de que los contenidos y modos del saber medieval son insuficientes, los crítica y rechaza, pero por su cuenta no es capaz de inaugurar nuevos caminos; es en este campo una época de ensayos y tanteos, de búsquedas infructuosas, de confusión y fermento, no de logros firmes y sólidos. De allí que algunas veces intente renovar la antigüedad, reeditar los pensadores antiguos (neoplatonismo), o tienda en otras ocasiones a precipitarse en el escepticismo. En una palabra, entonces, es época de transición, especie de preparación de lo que luego avendrá con el siglo XVII.

Notas y referencias.

Principios de filosofía (Adolfo P. Carpio)

Ciencia y filosofía.

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Lo que se ha dicho sobre Leibniz, Zenón y San Agustín permite comprender mejor porque se afirmo que la filosofía puede caracterizarse como el análisis de lo obvio y también permite entender más a fondo la afirmación según la cual la ciencia es un saber con supuestos.

Basarse en supuestos es, pues, el modo característico de la ciencia. Y el conjunto de supuestos sobre el que la ciencia reposa se manifiesta en el hecho de que la ciencia nunca puede hablar de sí misma. Escribe Heidegger:

Que cada ciencia como tal, es decir, como la ciencia que ella es, le resultan inaccesibles sus conceptos fundamentales y lo que éstos abarcan, está en relación con la circunstancia de que ninguna ciencia puede jamás enunciar nada acerca de sí con sus propios resultados científicos.

Cada ciencia está constituida por un repertorio de lo que Heidegger llama “conceptos fundamentales“, esto es, conceptos que constituyen su fondo, su fundamento; conceptos que para ella son últimos, puesto que se constituyen a partir de tales nociones. Estos conceptos fundamentales son, en cada caso, “condiciones” de la ciencia -no de sus “temas“. Es cierto que, en cuanto los utiliza, los comprende, pero en la forma de la comprensión preontológica, es decir, de manera puramente implícita, no tematizada, no expresada. Toda ciencia utiliza y “comprende” el concepto de igualdad; pero no pregunta qué es la igualdad, o cuál es su modo de ser.

En relación con ello se encuentra el hecho, dice Heidegger, de que la ciencia no puede hablar acerca de sí misma: la física habla de los objetos físicos, pero no de la física misma; se ocupa de las leyes del movimiento, pero no de su ocupación con las leyes del movimiento.

Porque “lo que lo que una ciencia sea, ya como pregunta deja de ser pregunta científica“. La pregunta acerca de la esencia de la ciencia, en general, y acerca de una ciencia determinada, en particular, no puede responderlas la ciencia: sino que son cuestiones propias de la filosofía.

La pregunta por la ciencia es una pregunta filosófica, y su formulación significa la entrada a una zona diferente de aquella que le es propia al científico; significa la entrada en el dominio filosófico, en el cual no rigen ya los medios y recursos de la ciencia, sino otro tipo de exigencias y formas de “razonamiento“.

Una disciplina se constituye como ciencia cuando se establece convenientemente su sistema de “conceptos fundamentales”, que acortan o delimitan su campo propio, su objeto de estudio.

En resumen: la ciencias ocupan conceptos fundamentales para delimitar el objeto que pretende estudiar, pero estos conceptos fundamentales devienen de la comprensión pre-ontológica. Así mismo la filosofía se encarga de dar crédito de lo que son, en esencia, esos conceptos fundamentales.

Notas y referencias:

Principios de filosofía (Adolfo P. Carpio)