El problema del pensar puro: la Lógica trascendental.

En efecto, Solo intuir no es todavía conocer; lo que la sensibilidad nos da, es multiplicidad, mera diversidad caótica, abigarrada, heterogénea -trátese de la multiplicidad a posteriori (las impresiones) o de la multiplicidad a priori, es decir, el espacio y el tiempo, entendidos únicamente como mera multitud de puntos o instantes, respectivamente. Para que haya conocimiento es preciso que el “material” intuitivo sea pensado, es decir, traducido en conceptos. Sólo “conocemos” lo que aquí vemos -este conjunto abigarrado de impresiones visuales, táctiles, etc.,- en la medida en que no nos limitamos a recibir meras sensaciones, sino además pensamos que esto es una “mesa”, es decir, le damos sentido a la multiplicidad sensible en función del concepto “mesas”. Por tanto, habiendo estudiado la sensibilidad en la Estética, habrá que estudiar ahora el pensar.

Del pensar se ocupa la lógica: de su actividad propia, el juzgar, y de los elementos constitutivos del juicio, es decir, de los conceptos. Mas así como en la Estética trascendental no se aplicó Kant a la consideración de la sensibilidad en general, sino sólo a su aspecto a priori, de la misma manera no construirá ahora una lógica general, sino una lógica trascendental, una investigación del pensar puro.

La lógica trascendental se ocupa de averiguar si hay, y cómo es posible, un pensar puro, es decir, no el pensar que forma conceptos empíricos, sino un pensar que sea una condición de todo pensar y por ende también del empírico; esto es, de un pensar que se ocupe “con nuestros conceptos a priori de objetos en general” de “la forma del pensar de un objeto en general”.

No hay duda de que poseemos conceptos empíricos, como los de árbol, mesa, clavel, etc., los cuales se forman abstrayendo las notas o caracteres comunes que percibimos en los árboles, mesas, etc. Pero así como junto a las intuiciones empíricas hallamos intuiciones puras, de manera análoga Kant sostiene que hay conceptos puros a priori, a los que llama conceptos puros del entendimiento o categorías, como, por ejemplo, pluralidad, totalidad, substancia, causalidad, etc.

Preguntar si hay conceptos puros, o si hay pensar puro, no empírico, quiere decir investigar la posibilidad de si hay conceptos que se refieran a objetos, pero que, sin embargo, sean independientes a la experiencia -conceptos que valgan a priori para todos los objetos, también para los de la experiencia-; conceptos, entonces que no surjan dela experiencia, conceptos que el sujeto introduce para construir lo que se llama experiencia.

Podemos ir haciéndonos una primera idea de estos conceptos puros (o categorías), si pensamos que todo objeto en general tiene que ser uno o múltiple, causa o efecto, cosa (substancia) o propiedad, etc., de modo que sin ellos no habría objeto ninguno.

El estudio de las categorías plantea dos problemas, por lo que se distinguen dos “deducciones” (o procedimiento de legitimación de las mismas): de un lado, la deducción metafísica, que enseña qué, cuántas y cuáles son las categorías; y por otro lado, la deducción trascendental, que se ocupa del problema acerca de cómo , si las categorías son formas del pensar y en tal sentido subjetivas, tienen sin embargo validez objetiva, es decir, valen para todo conocimiento de objetos.

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Notas y referencias.

La Lógica trascendental se refiere también al origen de nuestros conocimientos de los objetos, en cuanto ese origen no puede ser atribuido a los objetos.

Crítica a la razón pura (Kant)

Principios de filosofía (Adolfo P. Carpio)

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Juicios analíticos, y juicios sintéticos a posteriori.

Comenzaremos con el estudio de la introducción a la Crítica a la razón pura.

La ciencia -y en general todo conocimiento- está constituido por juicios.

Los juicios son afirmaciones o negaciones; por ejemplo: “la mesa es negra”, o “los polos iguales no se atraen”. La Lógica formal define los juicios como estructuras enunciativas de conceptos, vale decir que todo juicio es un conjunto de conceptos en el que se afirma o niega algo. Los juicios o proposiciones son estructuras lógicas caracterizadas por el hecho de que pueden ser verdaderas o falsas. Un concepto de por sí solo -como por ejemplo “azul”- no es ni verdadero ni falso; en cambio, si se afirma (o niega) algo de él -por ejemplo: “el azul es un color”-, entonces sí se dará verdad o falsedad.

Pueden distinguirse varios tipos de juicios. En primer lugar hay juicios analíticos, como, por ejemplo, “todo triángulo es una figura”. En estos juicios el predicado está contenido ya, implícitamente, en el concepto del sujeto; por tanto, no tenemos que hacer más que desplegar -analizar o descomponer- el concepto sujeto (triángulo) para encontrar en él el predicado (figura).

El fundamento en que se apoya la verdad de un juicio analítico reside en que entre el sujeto y el predicado hay identidad; en el ejemplo anterior, una identidad parcial entre el concepto “figura” y el concepto “triángulo”, de manera que es como si estuviese diciendo: “esas figuras que son los triángulos, son figuras”. El principio que sirve como fundamento de verdad en los juicios analíticos es, pues, el principio de identidad, o si se quiere ver la cosa por otro lado, el principio de contradicción, porque es contradictorio decir “los triángulos no son figuras” (ya que ello equivaldría a afirmar : “esas figuras que son los triángulos, no son figuras”). Los juicios analíticos son juicios de cuya verdad se puede estar seguro con toda certeza sin más que recurrir a aquellos dos principios lógicos; no necesitamos ir más allá de nuestro pensamiento y buscar su confirmación en la experiencia: dado un juicio analítico, se aplica el principio de identidad, o el de contradicción, y con esto basta para saber si el juicio es verdadero o falso.

Los juicios analíticos, entonces, son todos a priori. Ahora bien, comprenderemos la palabra –apriori– rectamente en el sentido que Kant le da. En su terminología “a priori” no tiene nada que ver con el “antes” o el “después” en sentido temporal; no se trata de un termino que tenga sentido cronológico, porque, según hemos señalado, el problema de Kant no es un problema empírico, sino relativo al fundamento, valor o legitimidad del conocimiento. “A priori” no quiere decir anterior, en el tiempo, a la experiencia; porque ningún conocimiento precede a la experiencia. A priori significa lo “anterior” en el orden (atemporal) de la fundamentación, lo independiente de la experiencia,  -por lo que decimos que el juicio “todo triángulo es una figura” no puede ser jamás desmentido por la experiencia, porque su valor no depende para nada de ésta.

Lo a priori tiene, según Kant, dos notas que los caracterizan: necesidad y universalidad. Estas dos notas van siempre juntas, y basta con que se presente la una para saber que la otra le acompaña. Necesario quiere decir que lo afirmado es de tal manera que no puede ser de ninguna otra (mientras que lo contingente es lo que es así, pero que también puede ser de otra manera). Universal significa que el juicio vale para todos los casos, que no tiene excepciones; por ejemplo,  “todos los perros son animales” (lo contrario de lo universal es lo particular; ejemplo, “algunos hombres son europeos”).

En los casos en que no hay duda acerca de la verdad de los juicios analíticos, como en el caso de “todo triángulo es una figura” o “todo papel es papel”, en el fondo no se trata de verdaderos conocimientos, o, al menos, no se trata de conocimientos que amplíen lo que ya se sabe; se trata nada más de una repetición, una aclaración de lo que ya es sabido. Los juicios analíticos no amplían nuestro saber, observa Kant, sino que son meramente aclaratorios (tautologías).

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Pero hay juicios muy diferentes a los analíticos; como, por ejemplo, “la mesa está en el salón de clase”. Si analizamos el concepto de “mesa”, jamás se va a encontrar, mediante su sola descomposición, con la sola ayuda del pensamiento, la circunstancia de estar en el salón; el juicio “la mesa no está en el salón de clase”, no es contradictorio. Para saber si es verdadero lo afirmado en el ejemplo, se necesita ver la mesa, recurrir a la experiencia, de manera que ésta, la percepción, constituye su fundamento. Este juicio, entonces, no es analítico, puesto que el predicado no está contenido en el sujeto; se lo llamará sintético.

Los juicios sintéticos, pues, amplían el conocimiento, porque dicen algo que antes, con el solo concepto del sujeto, ignorábamos. En este sentido, resultan más útiles que los juicios analíticos. Pero el inconveniente, si así puede decirse, de estos juicios reside en que no son a priori, sino a posteriori. De acuerdo con el sentido que le da Kant, esta expresión -a posteriori- significa lo que depende de la experiencia y las notas que lo caracterizan son la contingencia y la particularidad. Entonces los juicios sintéticos son contingentes y particulares. Por ejemplo, en una época se decía: “todos los cisnes son blancos”; este juicio es sintéticos, pero no necesario ni universal, y así ocurrió que un buen día se descubrieron cisnes negros. Para el empirismo -para Hume- todos los juicios que se refieren a la realidad son de este tipo: sintéticos a posteriori.

Notas y referencias.

Crítica a la razón pura (Kant)

Historia de la filosofía moderna (W. Windelband)

Principios de filosofía (Adolfo P. Carpio)

La nueva teoría: los juegos de lenguaje.

 

Las Investigaciones filosóficas (Philosophische Untersuchungen) constituyen una serie de observaciones más conexas que las del Tractatus, simplemente enumeradas correlativamente (excepto la segunda parte), referentes al tema del lenguaje y la filosofía.

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En esta obra que representa el periodo final de su pensamiento, Wittgenstein sostiene una concepción muy diferente del lenguaje: pues mientras que en el Tractatus se había esforzado por la construcción de un lenguaje (lógicamente) ideal, ahora reconoce que la función capital de éste no es la informativa, no es la de construir una “figura” de la realidad. Según las investigaciones, lo que interesa es saber cuál es el uso que en el lenguaje tiene en cada caso la palabra o frase.

Pese a las diferencias -que son muchas- en las dos obras, hay cierta continuidad en el pensamiento de Wittgenstein, pues éste sigue viendo en la filosofía “una actividad más bien que una teoría, la actividad de esclarecer las proposiciones y precavernos de ser arrastrados por el falso camino -la metafísica- debido a las apariencias engañadoras del lenguaje corriente”. Pero en tanto que el Tractatus analizaba el lenguaje para descubrir su oculta estructura, ahora se trata de mostrar cómo la actividad analítica se aplica en los “juegos del lenguaje”, y que los términos o signos que el metafísico emplea no tiene lugar en dicho juego.

Los juegos de lenguaje.

Para comprender lo que se ha dicho es necesario considerar que Wittgenstein compara los diferentes lenguajes con el modo en que jugamos un juego. El error de base de las teorías corrientes ha consistido en la creencia de que el lenguaje tendría una “esencia” que habría que poner en manifiesto. Pero no hay nada de eso. En lugar de esa oculta esencia, sólo debemos prestar atención a lo que ahora estudiaremos, el lenguaje; y observar como funciona; pues

El significado de una palabra es su uso en el lenguaje.

En lugar de la cuestión por la esencia o “esqueleto lógico”, ahora se impone la pregunta por el uso.

Al plantearse esta cuestión, no es difícil ver que tales usos son diversos e innumerables, que no hay “un” lenguaje (según había creído el Tractatus), sino que lo que hay en verdad son lenguajes, o formas de vida.

Hay innumerables: innumerables géneros diferentes de empleo de todo lo que llamamos “signos”, “palabras”, “proposiciones”. Y esta diversidad no es nada fijo, algo dado de una ves por todas, sino que nuevos tipos de lenguaje, nuevos juegos de lenguaje, como podemos decir, surgen y otros envejecen y se olvidan.

Wittgenstein compara la manera cómo usamos los diferentes lenguajes con la manera cómo jugamos un juego, y sus leyes o reglas, a las reglas de ese juego (por ejemplo, el ajedrez)

La pregunta: “¿Qué es verdaderamente una palabra?” es análoga a “¿Qué es una pieza de ajedrez?”

Es obvio que la pieza de ajedrez no es ni su material ni su forma o figura, sino lo que le dicta la regla del juego.

La expresión “juego de lenguaje” ha de poner de relieve aquí que el hablar de lenguaje es parte de una actividad, o de una forma de vida.

Wittgenstein insiste en que no hay una esencia “juego”, como algo en común de lo que participasen los diversos juegos y con ayuda del cual los pudiésemos “definir”. Entre los diversos y variadísimos  “juegos”, sólo puede discernirse cierta similitud o “familiaridad”

Considera por ejemplo, los procesos que llamamos “juegos”. Me refiero a juegos de tablero, juegos de naipes, juegos de pelota, juegos de lucha, etc. ¿Qué es común a todos ellos? -No digas: tiene que haber algo común a ellos, si no, no se llamarían juegos sino mira si hay algo común a ellos. -Pues si los miras no verás por cierto algo que sea común a todos, sino que verás semejanzas, parentescos y por cierto toda una serie de ellos. Como se ha dicho: ¡no pienses, sino mira!

Y después de examinar diversas especies de juego:

El resultado de este examen reza pues: vemos una complicada red de similitudes que se superponen y entrecruzan. Parecidos en lo grande y en pequeño.

Por tanto, según Wittgenstein, no hay una esencia “juego”, sino tan sólo parentescos. Y escribe entonces:

No puedo caracterizar mejor estos parecidos que con la expresión “parecidos de familia”; pues es así como se superponen y entrecruzan los diversos parecidos que se dan entre los miembros de una familia: facciones, color de ojos, andar, temperamento, etc, etc, y diré: los “juegos” constituyen una familia.

Algo similar ocurre con los “juegos del lenguaje”, que sirven como

objetos de comparación que debe arrojar luz sobre las condiciones de nuestro lenguaje por vía de semejanza y desemejanza.

En el lenguaje la función de los signos resulta del contexto dentro del cual aparecen, el cual tan sólo permite determinar el sentido de los mismos. Ello quiere decir que el sentido resulta ser función del uso dentro del lenguaje corriente.

comprender una proposición significa comprender un lenguaje. Comprender un lenguaje significa dominar una técnica.

Pues bien, el error de la metafísica (de la filosofía en genere) ha consistido en llevar una expresión “fuera” de los limites del juego de lenguaje donde tiene su origen y lugar legítimos, en no representar el uso que el lenguaje cotidiano le otorga; pues entonces ocurre como que el lenguaje “se va de fiesta” y marcha como mecanismo sin control.

Wittgenstein cita el comienzo del paisaje (¿qué es pues el tiempo? si ninguno me lo pregunta, lo sé; si quiero explicarlo a quien me pregunta, no lo sé) y observa:

Esto no podría decirse de una pregunta de la ciencia natural (por ejemplo, la pregunta por el peso especifico del hidrógeno). Lo que se sabe cuando nadie me pregunta, pero ya no se sabe cuando debemos explicarlo, es algo de lo que debemos acordarnos. (Y es obviamente algo que por alguna razón uno se acuerda con dificultad.)

Preguntar por la fecha (el tiempo) en que ocurrió tal o cual suceso, o preguntar qué hora es, son preguntas con sentido porque todos entienden a qué nos referimos. Pero preguntar qué es el tiempo, así, en general, es crearse una perplejidad, caer en un falso camino del que no hay salida. En lugar de jugar el juego al que el lenguaje nos invita  y nos permite jugar, formulamos una pregunta que sale de los limites del juego (fuera del lenguaje): sería como preguntar por qué el rey sólo puede moverse en el ajedrez de determinada manera, a lo cual sólo podría responderse: porque esa es la regla del juego.

De modo semejante y por hacerse ilusiones acerca del lenguaje, los filósofos son como salvajes:

Somos, cuando filosofamos, como salvajes, hombres primitivos, que oyen los modos de expresión de hombres civilizados, los malinterpretan y luego extraen las más extrañas conclusiones de su interpretación.

Así han dado lugar a los problemas de la filosofía, los cuales en rigor no son problemas (como sí lo son los de las ciencias), sino perplejidades, inquietudes, que el filósofo se causa por no manejar correctamente el lenguaje, por infringir las reglas de su juego.

La filosofía es una lucha contra el embrujamiento de nuestro entendimiento por medio de nuestro lenguaje.

embrujo del que sólo podemos librarnos gracias a la filosofía de Wittgenstein. Porque en rigor los problemas filosóficos no se resuelven, sino que se “disuelven”.

Notas y referencias.

épater le bourgeois: dejar patidifuso o atónito al lector [en este caso]

An Introduction to Wittgenstein’s Tractatus (A.E.G. Anscombe)

Wittgenstein (A. Kenny)

Wittgenstein. Die Negation del Philosophie (W. Schulz)

Principios de filosofía (Adolfo P. Carpio)

La filosofía en el Tractatus.

En lo que se refiere a la filosofía de Wittgenstein, sus proposiciones no sólo rebasan en campo de los hechos y no  tienen respuesta, según sostenía el positivismo; pero tampoco carecen de sentido, como las de las matemáticas y la lógica. Con la filosofía ocurre algo peor: sus proposiciones son unsinning: insensateces, absurdos, disparates, desatinos -pues ni se refieren a hechos, como las de la ciencia, no son puramente “formales”, como las de la lógica o la matemática; en una palabra, no son sino absurdideces. Y así se despacha el Tractatus:

La mayor parte de las proposiciones y preguntas que se han escrito sobre cuestiones filosóficas, no son falsas, sino desatinos (unsinning). No podemos por tanto en absoluto contestar cuestiones de esta especie, sino sólo comprobar su insensatez.

Ello ocurre porque “la mayor parte de las preguntas y proposiciones de los filósofos estriban en que [los filósofos] no comprenden la lógica de nuestro lenguaje”.

Según esto, la filosofía surge por desconocimiento de la lógica (la sintaxis lógica) del lenguaje.

Para evitar los errores de la sintaxis lógica, la filosofía tiene que “emplear un lenguaje simbólico que los excluya en cuanto no emplee el mismo signo en diferentes símbolos y no empleando el mismo modo signos que significan de diferente manera. Un lenguaje simbólico, pues, que obedezca a la gramática lógica (a la sintaxis lógica).

En definitiva, pues, “toda filosofía es [tan sólo] crítica del lenguaje”. Y vuelve a insistir [Wittgenstein] y precisar su concepción de la filosofía:

El propósito de la filosofía es la clasificación lógica de los pensamientos. La filosofía no es una teoría sino una actividad.

cuyo resultado no son “proposiciones filosóficas, sino la actividad de aclarar las proposiciones”, esto es, lograr que los pensamientos o proposiciones, que de otro modo serían turbios, opacos y confusos, se vuelven “claros y rigurosamente delimitados”

Hacia el final de la obra [El Tractatus] se encuentra una serie de afirmaciones deliberadamente escritas para épater le bourgeois :

mis proposiciones aclaran gracias a que, quien me ha entendido, finalmente las reconoce como insensateces cuando ha subido por ellas -sobre ellas- por encima de ellas. (Por así decir, debe tirar la escalera luego de haber subido sobre ella). Debe superar estas proposiciones; entonces ve el mundo correctamente.

Y la última proposición, la 7, dictamina: “De lo que no se puede hablar, sobre ello debe guardarse silencia”. Al respecto sería imposible no recordar las irónicas palabras de B. Russell en su “Introducción” al Tractatus: “El señor Wittgenstein se las arregla para decir buena cantidad de cosas acerca de lo que [según sus principios] nada puede decirse”.

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Sea lo que fuere, Wittgenstein, no sin cierta presunción, declara en el prefacio que “la verdad de los pensamientos aquí comunicados es intangible y definitiva”. Sin embargo, hubo de rechazar el las Investigaciones filosóficas buena parte del Tractatus.

Notas y referencias.

épater le bourgeois: dejar patidifuso o atónito al lector [en este caso]

An Introduction to Wittgenstein’s Tractatus (A.E.G. Anscombe)

Wittgenstein (A. Kenny)

Wittgenstein. Die Negation del Philosophie (W. Schulz)

Principios de filosofía (Adolfo P. Carpio

 

La Lógica: mostrar y decir.

 

Sólo hay necesidad en la lógica

Una necesidad, según la cual algo debiera ocurrir porque otro algo ha ocurrido. Sólo hay necesidad lógica.

Sin embargo, es menester no engañarse. “La lógica no es una doctrina, sino una imagen especular del mundo”, como si dijéramos, su reflejo. En efecto, según Wittgenstein las proposiciones de la lógica no son proposiciones atómicas (no se refieren a hechos) ni moleculares, y por tanto carecen de sentido. No son sino reglas sintácticas, reglas relativas al manejo de los signos. Como no son “cuadros” de la realidad, no dicen nada, son sólo tautologías. No hacen más que describir “el armazón del mundo, o más bien lo presentan”, lo “reflejan en el lenguaje”.

No tratan de nada. Suponen que los nombres tienen significación y que las proposiciones elementales tienen sentido. Y éste es su enlace con el mundo. Es claro que deben indicar algo sobre el mundo.: que ciertos enlaces de símbolos -los que esencialmente tienen un determinado carácter- son tautologías.

Y si se preguntase por las pruebas e inferencias que los textos de lógica estudian, Wittgenstein señala:

La prueba en la lógica es sólo un medio auxiliar mecánico para el más fácil reconocimiento de la tautología donde ésta es complicada.

Las proposiciones de la lógica, entonces, no dicen nada; sólo “dice” la ciencia (natural). Las de la lógica resultan ser proposiciones sin-sentido, pues son meras tautologías del tipo de “cuando por ejemplo afirmo que ahora llueve o no llueve, [en realidad] no sé nada”. Pero que se sean sin-sentido no quiere decir que sean insensateces, pues no implican violación ninguna de las reglas de la sintaxis lógica.

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Wittgenstein establece una distinción rigurosa entre “mostrar” y “decir”: tan sólo la ciencia “dice” (los hechos), en tanto que la lógica “muestra” las normas lógicas de las tautologías, y sus proposiciones son sólo  “intentos de decir lo que se muestra por medio de las tautologías”.

La proposición no puede exponer la forma lógica, se refleja en ella. Lo que se refleja en el lenguaje, él no lo puede exponer. Lo que se expresa en el lenguaje nosotros no podemos expresarlo mediante él. La proposición muestra la forma lógica de la realidad. La muestra. Lo que puede mostrarse no puede ser dicho.

Repetimos, pues, que las proposiciones de los textos de lógica, y las únicas, “cuya naturaleza se muestra por medio de las tablas de verdad”, son tautologías, que no dicen nada porque son verdades en cualquier posible situación del mundo. Como se observó más arriba, decir que ahora llueve o no llueve, equivale a no saber nada acerca del estado actual del tiempo.

Para que el lenguaje, o la lógica, pudiera “decir” algo de sí, sería preciso “salir”, por así decirlo, “fuera” de la lógica y colocarse en un punto de vista extralógico, ilógico, lo cual es absurdo, dada la concepción de Wittgenstein. “para poder expresar la forma ilógica deberíamos poder ponernos con la proposición fuera de la lógica, es decir, fuera del mundo”.

Por lo que toca a la matemática, ocurre algo semejante a lo que se vio en la lógica. La matemática no es sino “un método de la lógica”; no consiste toda ella sino en “trabajar con ecuaciones” o igualdades, las que se sustituyen por otras equivalentes. En cuanto tautologías, las proposiciones matemáticas son “seudo proposiciones”

Notas y referencias.

Las proposiciones significativas: la ciencia.

 

Es obvio que las proposiciones elementales (y por tanto también las complejas) sólo tendrán sentido (o serán significativas) gracias a su relación con el mundo: sólo las proposiciones que se refieren a los hechos son proposiciones con sentido (sinnvoll). Lo cual equivale a decir que son significativas únicamente las proposiciones de la ciencia natural, a la cual queda confinada la verdad: “La integridad de las proposiciones verdaderas es la ciencia natural íntegra (o la integridad de las ciencias naturales)“. (De las ciencias “sociales” o del espíritu, ni una palabra). Y como hemos dicho, los hechos atómicos son totalmente independientes los unos de los otros, se infiere que no hay en el mundo necesidad ninguna , sino la contingencia más total: “fuera de la lógica todo es accidente (Zufall)”. Por ende, es imposible discernir leyes que gobiernen los hechos; sobre las huellas de Hume, afirma Wittgenstein la más absoluta contingencia:

Que el sol saldrá mañana, es una hipótesis; y esto quiere decir -no sabemos si saldrá-.

Y Wittgenstein se limita a afirmarlo, sin analizar el fundamento de semejante aserción  (falta en que no había incurrido Hume), ni precisa tampoco qué entiende por “hipótesis”; se detiene en cambio a hacer comparaciones tan arbitrarias como peregrinas:

La entera concepción moderna del mundo tiene por base la ilusión  (Tciuschung) según la cual las llamadas leyes naturales serían explicaciones de los fenómenos naturales.

Y a continuación:

Así [la gente] queda junto a las leyes naturales como junto a algo intangible, tal como los antiguos junto a Dios y al destino.

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Notas y referencias.

An Introduction to Wittgenstein’s Tractatus (A.E.G. Anscombe)

Wittgenstein (A. Kenny)

Wittgenstein. Die Negation del Philosophie (W. Schulz)

Principios de filosofía (Adolfo P. Carpio)

El lenguaje ideal: La verdad.

 

El interés central de Wittgenstein -tanto en el Tractatus cuanto en las Investigaciones filosóficas– está dirigido al tema del lenguaje y su relación con la realidad. En el Tractatus preocupa la búsqueda de un lenguaje ideal, perfecto como el que cree entrever en la lógica matemática -que se contraponía al lenguaje corriente, lleno de ambigüedades y de equívocos. Su propósito es mostrar el “esqueleto lógico” del lenguaje común, aunque en éste no hay nada que cambiar y éste “en perfecto orden lógico”. Y no obstante, “el lenguaje disfraza el pensamiento”.

Las proposiciones mismas son hechos, consisten en su relación con la realidad, y sólo tienen sentido en su relación con ésta, con el mundo, con los Sachverhalten. “El sentido de la proposición es su coincidencia y no coincidencia con las posibilidades de la existencia y no-existencia de los hechos atómicos”. Por lo tanto, la verdad (y respectivamente, la falsedad)se dará merced a la comparación de la proposición con la realidad.

Las proposiciones más simples de todas, las proposiciones elementales, son las que afirman la existencia de un hecho atómico, y no consiste más que en nombres”, que se encuentran en “conexión inmediata”, es decir, sin que encierren constantes lógicas. Pues bien, la condición de posibilidad de la verdad estriba en que la proposición es un cuadro (Bild) o pintura de la realidad. Sólo de este modo la proposición puede ser verdadera o falsa: en cuanto ésta es un cuadro (Bild) de la realidad.

Esta teoría pictórica o figurativa del lenguaje no pretender ser simple modo de hablar, sino quiere tener sentido literal; y si no lo observamos es porque el lenguaje “se disfraza”. El cuadro “se extiende hacia la realidad”. Pero para poder representar, el cuadro ha de tener algo en común con lo representado, a lo cual llama Wittgenstein forma lógica.

Resulta pues, que el lenguaje es un gran espejo en el cual se refleja la realidad, y que “los limites de mi lenguaje son los limites de mi mundo”; por tanto, “yo soy mi mundo (El microcosmos)”.

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Lo anterior parece referirse sólo a las proposiciones elementales. Pero el lenguaje, como es obvio, está constituido también, y principalmente, por proposiciones complejas o moleculares, las cuales se remontan a las simples; “pues es obvio que en el análisis de la proposiciones [complejas], debemos llegar a proposiciones elementales, que consisten de nombres en inmediato enlace”. En este punto introduce el Tractatus la teoría de las funciones de verdad, es decir, de las posibles combinaciones de las proposiciones elementales según conectivas.

Notas y referencias.

Lenguaje, verdad y lógica (A.J. Ayer)

Corrientes fundamentales de la filosofía actual (Stegmuller)

Los principios de la filosofía lingüística (F. Waissmann)

Principios de filosofía (Adolfo P. Carpio)